Nosotros Recordamos:
Una Reflexión Sobre La Shoah
I. La tragedia de la «Shoah» y el deber de la memoria
Se está concluyendo rápidamente el siglo XX y ya despunta la aurora de un nuevo milenio
cristiano. El bimilenario del nacimiento de Jesucristo impulsa a todos los cristianos, e
invita en realidad a todo hombre y a toda mujer, a tratar de descubrir en el devenir de la
historia los signos de la divina Providencia que actúa en ella, así como los modos en los
que la imagen del Creador en el hombre ha sido ofendida y desfigurada.
Esta reflexión atañe a uno de los sectores principales en que los católicos pueden
tomar seriamente en consideración la exhortación que dirigió Juan Pablo II en la carta
apostólica Tertio millennio adveniente: «Es justo que, mientras el segundo milenio
del cristianismo llega a su fin, la Iglesia asuma con una conciencia más viva el pecado de
sus hijos, recordando todas las circunstancias en las que, a lo largo de la historia, se han
alejado del espíritu de Cristo y de su Evangelio, ofreciendo al mundo, en vez del
testimonio de una vida inspirada en los valores de la fe, el espectáculo de modos de pensar
y actuar que eran verdaderas formas de antitestimonio y de escándalo».1
Este siglo ha sido testigo de una tragedia inefable, que nunca se podrá olvidar: el
intento del régimen nazi de exterminar al pueblo judío, con el consiguiente asesinato de
millones de judíos. Hombres y mujeres, ancianos y jóvenes, niños e infantes, sólo por su
origen judío, fueron perseguidos y deportados. Algunos fueron asesinados inmediatamente;
otros fueron humillados, maltratados, torturados y privados completamente de su dignidad
humana y, finalmente, asesinados. Poquísimos de los que fueron internados en los campos de
concentración pudieron sobrevivir, y los que lo lograron han quedado aterrorizados para el
resto de su vida. Esa fue la Shoah: uno de los principales dramas de la historia de
este siglo, un drama que nos afecta todavía hoy.
Frente a ese terrible genocidio, que los responsables de las naciones y las mismas
comunidades judías encontraron difícil de creer cuando era cruelmente perpetrado, nadie
puede quedar indiferente, y mucho menos la Iglesia, por sus vínculos tan estrechos de
parentesco espiritual con el pueblo judío y por su recuerdo de las injusticias del pasado.
La relación de la Iglesia con el pueblo judío es diferente de la que mantiene con
cualquier otra religión.2 Sin embargo, no se trata sólo de volver al pasado. El
futuro común de judíos y cristianos exige que recordemos, porque «no hay futuro sin
memoria».3 La historia misma es memoria futuri.
Al dirigir esta reflexión a nuestros hermanos y hermanas de la Iglesia católica
esparcidos por el mundo, pedimos a todos los cristianos que se unan a nosotros para
reflexionar en la catástrofe que se abatió sobre el pueblo judío, y en el imperativo
moral de asegurar que nunca más el egoísmo y el odio puedan crecer hasta el punto de
sembrar tal sufrimiento y muerte.4 Especialmente, pedimos a nuestros amigos
judíos, «cuyo terrible destino se ha convertido en símbolo de las aberraciones adonde
puede llegar el hombre cuando se vuelve contra Dios»,5 que dispongan su corazón
para escucharnos.
II. Lo que debemos recordar
El pueblo judío, al dar su singular testimonio del Santo de Israel y de la Torah,
ha tenido que sufrir mucho en diversos tiempos y en numerosos lugares. Pero la Shoah fue,
ciertamente, el peor sufrimiento de todos. La crueldad con que los judíos han sido
perseguidos y asesinados en este siglo supera la capacidad de expresión de las palabras. Y
todo ello se les hizo por el mero hecho de que eran judíos.
La misma magnitud del crimen suscita muchas preguntas. Historiadores, sociólogos,
filósofos, políticos, psicólogos y teólogos tratan de conocer más sobre la realidad y
las causas de la Shoah. Quedan aún por hacer muchos estudios especializados. Pero
ese acontecimiento no puede valorarse plenamente sólo con los criterios ordinarios de la
investigación histórica, pues exige una «memoria moral y religiosa» y, especialmente
entre los cristianos, una reflexión muy seria sobre las causas que lo provocaron.
El hecho de que la Shoah se haya producido en Europa, es decir, en países de una
civilización cristiana de largo tiempo, plantea la cuestión de la relación entre la
persecución nazi y las actitudes de los cristianos, a lo largo de los siglos, con respecto
a los judíos.
III. Las relaciones entre judíos y cristianos
La historia de las relaciones entre judíos y cristianos es una historia tormentosa. Lo
ha reconocido el Santo Padre Juan Pablo II en sus repetidos llamamientos a los católicos a
examinar nuestra actitud en lo que atañe a nuestras relaciones con el pueblo judío.6
En efecto, el balance de estas relaciones durante dos milenios ha sido, más bien, negativo.7
En los albores del cristianismo, después de la crucifixión de Jesús, surgieron
disputas entre la Iglesia primitiva y los judíos, jefes y pueblo, los cuales, por su
adhesión a la Ley, a veces se opusieron violentamente a los predicadores del Evangelio y a
los primeros cristianos. En el Imperio romano, que era pagano, los judíos estaban
legalmente protegidos por los privilegios otorgados por el Emperador, y las autoridades al
principio no hicieron distinción entre comunidades judías y cristianas. Sin embargo,
pronto los cristianos fueron perseguidos por el Estado. Cuando, más tarde, incluso los
emperadores se convirtieron al cristianismo, primero siguieron garantizando los privilegios
de los judíos. Pero grupos de cristianos exaltados que asaltaban los templos paganos,
hicieron en algunos casos lo mismo con las sinagogas, por influjo de ciertas
interpretaciones erróneas del Nuevo Testamento relativas al pueblo judío en su conjunto.
«En el mundo cristiano -no digo de parte de la Iglesia en cuanto tal- algunas
interpretaciones erróneas e injustas del Nuevo Testamento con respecto al pueblo judío y a
su supuesta culpabilidad han circulado durante demasiado tiempo, dando lugar a sentimientos
de hostilidad en relación con ese pueblo».8 Esas interpretaciones del Nuevo
Testamento fueron rechazadas, de forma total y definitiva, por el Concilio Vaticano II.9
No obstante la predicación cristiana del amor hacia todos, incluidos los enemigos, la
mentalidad dominante a lo largo de los siglos perjudicó a las minorías y a los que, de
algún modo, eran «diferentes». Sentimientos de antijudaísmo en algunos ambientes
cristianos y la brecha existente entre la Iglesia y el pueblo judío llevaron a una
discriminación generalizada, que desembocó a veces en expulsiones o en intentos de
conversiones forzadas. En gran parte del mundo «cristiano», hasta finales del siglo XVIII,
los no cristianos no siempre gozaron de un status jurídico, plenamente reconocido. A
pesar de ello, los judíos, extendidos por todo el mundo cristiano, conservaron sus
tradiciones religiosas y sus costumbres propias. Por eso, fueron objeto de sospecha y
desconfianza. En tiempo de crisis, como carestías, guerras, epidemias o tensiones sociales,
la minoría judía fue a veces tomada como chivo expiatorio, y se convirtió así en una
víctima de violencia, saqueos e incluso matanzas.
Entre el final del siglo XVIII y el inicio del XIX, los judíos habían logrado, por lo
general, una posición de igualdad con respecto a los demás ciudadanos en la mayoría de
los Estados, y un buen número de ellos llegó a desempeñar funciones importantes en la
sociedad. Pero en este mismo contexto histórico, especialmente en el siglo XIX, se
desarrolló un nacionalismo exasperado y falso. En un clima de rápidos cambios sociales,
los judíos fueron a menudo acusados de ejercer un influjo excesivo en relación con su
número. Entonces comenzó a difundirse, con grados diversos, en la mayor parte de Europa,
un antijudaísmo esencialmente más sociopolítico que religioso.
Durante el mismo período, comenzaron a surgir teorías que negaban la unidad de la raza
humana, afirmando la diferencia originaria de las razas. En el siglo XX, el
nacionalsocialismo en Alemania usó esas ideas como base pseudocientífica para una
distinción entre las así llamadas razas nórdico-arias y supuestas razas inferiores.
Además, la derrota de Alemania en 1918 y las condiciones humillantes que le impusieron los
vencedores, impulsaron en ella una forma extremista de nacionalismo, con la consecuencia de
que muchos vieron en el nacionalsocialismo una solución a los problemas del país y, por
ello, colaboraron políticamente con ese movimiento.
La Iglesia en Alemania respondió condenando el racismo. Dicha condena se realizó por
primera vez en la predicación de algunos miembros del clero, en la enseñanza pública de
los obispos católicos y en los escritos de periodistas católicos. Ya en febrero y marzo de
1931, el cardenal Bertram de Breslavia, el cardenal Faulhaber y los obispos de Baviera, los
obispos de la provincia de Colonia y los de la provincia de Friburgo publicaron sendas
cartas pastorales que condenaban el nacionalsocialismo, con su idolatría de la raza y del
Estado.10 El mismo año 1933, en que el nacionalsocialismo alcanzó el poder, los
famosos sermones de Adviento del cardenal Faulhaber, a los que no sólo asistieron
católicos, sino también protestantes y judíos, tuvieron expresiones de claro rechazo de
la propaganda nazi antisemita.11 A raíz de la Noche de los cristales, Bernhard
Lichtenberg, preboste de la catedral de Berlín, elevó oraciones públicas por los judíos;
él mismo murió luego en Dachau y fue declarado beato.
También el papa Pío XI condenó, de modo solemne, el racismo nazi en la encíclica Mit
brennender Sorge,12 que se leyó en las iglesias de Alemania el domingo de
Pasión del año 1937, iniciativa que provocó ataques y sanciones contra miembros del
clero. El 6 de septiembre de 1938, dirigiéndose a un grupo de peregrinos belgas, Pío XI
afirmó: «El antisemitismo es inaceptable. Espiritualmente todos somos semitas».13
Pío XII, desde su primera encíclica, Summi pontificatus,14 del 20 de
octubre de 1939, puso en guardia contra las teorías que negaban la unidad de la raza humana
y contra la divinización del Estado, que, según su previsión, llevarían a una verdadera
«hora de las tinieblas».15
IV. Antisemitismo nazi y la «Shoah»
No se puede ignorar la diferencia que existe entre el antisemitismo, basado en
teorías contrarias a la enseñanza constante de la Iglesia sobre la unidad del género
humano y la igual dignidad de todas las razas y de todos los pueblos, y los sentimientos de
sospecha y de hostilidad existentes desde siglos, que llamamos antijudaísmo, de los
cuales, por desgracia, también son culpables los cristianos.
La ideología nacionalsocialista fue mucho más allá, en el sentido de que se negó a
reconocer cualquier realidad trascendente como fuente de la vida y criterio del bien moral.
En consecuencia, un grupo humano, y el Estado con el que se había identificado, se arrogó
un valor absoluto y decidió borrar la existencia misma del pueblo judío, llamado a dar
testimonio del único Dios y de la Ley de la Alianza. Desde el punto de vista teológico, no
podemos ignorar el hecho de que no pocos afiliados al partido nazi no sólo mostraron
aversión a la idea de una divina Providencia que actúa en la historia humana, sino que
dieron prueba de un odio específico hacia Dios mismo. Lógicamente, esa actitud llevó
también al rechazo del cristianismo y al deseo de ver destruida la Iglesia o, por lo menos,
sometida a los intereses del Estado nazi.
Fue esa ideología extrema la que se convirtió en fundamento de las medidas tomadas,
primero para expulsar a los judíos de sus casas y, luego, para exterminarlos. La Shoah fue
obra de un típico régimen neopagano moderno. Su antisemitismo hundía sus raíces fuera
del cristianismo y, al tratar de conseguir sus propios fines, no dudó en oponerse a la
Iglesia, incluso persiguiendo a sus miembros.
Pero conviene preguntarse si la persecución del nazismo con respecto a los judíos no
fue facilitada por los prejuicios antijudíos presentes en la mente y en el corazón de
algunos cristianos. El sentimiento antijudío ¿hizo a los cristianos menos sensibles, o
incluso indiferentes, ante las persecuciones desencadenadas contra los judíos por el
nacionalsocialismo, cuando alcanzó el poder?
Cualquier respuesta a esta pregunta debe tener en cuenta que estamos tratando de la
historia de actitudes y modos de pensar de gente sujeta a múltiples influjos. Más aún,
muchos desconocían totalmente la «solución final» que estaba a punto de aplicarse contra
todo un pueblo; otros tuvieron miedo por sí mismos y por sus seres queridos; algunos se
aprovecharon de la situación; otros, por último, actuaron por envidia. La respuesta se ha
de dar caso por caso y, para hacerlo, es necesario conocer cuáles fueron las motivaciones
precisas de las personas en su situación específica.
Al inicio, los jefes del Tercer Reich querían expulsar a los judíos. Por desgracia, los
gobiernos de varios países occidentales de tradición cristiana, incluidos algunos de
América del norte y del sur, dudaron mucho en abrir sus fronteras a los judíos
perseguidos. Aunque no podían prever cuán lejos iban a llegar los líderes nazis en sus
intenciones criminales, las autoridades de esas naciones conocían bien las dificultades y
los peligros a que se hallaban expuestos los judíos que vivían en los territorios del
Tercer Reich. En esas circunstancias, el cierre de las fronteras a la inmigración judía,
sea que se debiera a la hostilidad o sospecha antijudía, o a cobardía y falta de
clarividencia política, o a egoísmo nacional, constituye un grave peso de conciencia para
dichas autoridades.
En los territorios donde el nazismo practicó la deportación de masas, la brutalidad que
acompañó esos movimientos forzados de gente inerme debería haber llevado a sospechar lo
peor. ¿Ofrecieron los cristianos toda asistencia posible a los perseguidos, y en particular
a los judíos?
Muchos lo hicieron, pero otros no. No se debe olvidar a los que ayudaron a salvar al
mayor número de judíos que les fue posible, hasta el punto de poner en peligro su vida.
Durante la guerra, y también después, comunidades y personalidades judías expresaron su
gratitud por lo que habían hecho en favor de ellos, incluso por lo que había hecho el Papa
Pío XII, personalmente o a través de sus representantes, para salvar la vida a cientos de
miles de judíos.16 Por esa razón, muchos obispos, sacerdotes, religiosos y
laicos fueron condecorados por el Estado de Israel.
A pesar de ello, como ha reconocido el Papa Juan Pablo II, al lado de esos valerosos
hombres y mujeres, la resistencia espiritual y la acción concreta de otros cristianos no
fueron las que se podía esperar de unos discípulos de Cristo. No podemos saber cuántos
cristianos en países ocupados o gobernados por potencias nazis o por sus aliados
constataron con horror la desaparición de sus vecinos judíos, pero no tuvieron la fuerza
suficiente para elevar su voz de protesta. Para los cristianos este grave peso de conciencia
de sus hermanos y hermanas durante la segunda guerra mundial debe ser una llamada al
arrepentimiento.17
Deploramos profundamente los errores y las culpas de esos hijos e hijas de la Iglesia.
Hacemos nuestro lo que dijo el Concilio Vaticano II en la declaración Nostra aetate,
que afirma inequívocamente: «La Iglesia (...) recordando el patrimonio común con los
judíos e impulsada no por razones políticas, sino por la religiosa caridad evangélica,
deplora los odios, persecuciones y manifestaciones de antisemitismo de que han sido objeto
los judíos de cualquier tiempo y por parte de cualquier persona».18
Recordamos y hacemos nuestro lo que afirmó el Papa Juan Pablo II, al dirigirse a los
jefes de la comunidad judía de Estrasburgo en 1988: «Repito de nuevo, junto con ustedes,
la más firme condena de todo antisemitismo y de todo racismo, opuestos a los principios del
cristianismo».19 La Iglesia católica repudia, por consiguiente, toda
persecución, en cualquier lugar y tiempo, perpetrada contra un pueblo o un grupo humano.
Condena de modo más firme todas las formas de genocidio, así como las ideologías racistas
que los han hecho posible. Dirigiendo la mirada a este siglo, nos entristece profundamente
la violencia que ha afectado a grupos nuestros de pueblos y naciones. Recordamos, en
particular, la matanza de los armenios, las innumerables víctimas en Ucrania durante la
década de 1930, el genocidio de los gitanos, también fruto de ideas racistas, y tragedias
semejantes ocurridas en América, en Africa y en los Balcanes. No olvidamos los millones de
víctimas de la ideología totalitaria en la Unión Soviética, en China, en Camboya y en
otros lugares. Y tampoco podemos olvidar el drama de Oriente Medio, cuyos aspectos son muy
conocidos. Incluso mientras hacemos esta reflexión, «demasiados hombres son todavía
víctimas de sus hermanos».20
V. Mirando juntos hacia un futuro común
Mirando hacia el futuro de las relaciones entre judíos y cristianos, en primer lugar
pedimos a nuestros hermanos y hermanas católicos que tomen mayor conciencia de las raíces
judías de su fe. Les pedimos que recuerden que Jesús era un descendiente de David; que del
pueblo judío nacieron la Virgen María y los Apóstoles; que la Iglesia se alimenta de las
raíces de aquel buen olivo en el que se injertaron luego las ramas del olivo silvestre de
los gentiles (cf. Rm.11,17-24); que los judíos son nuestros hermanos queridos y amados; y
que, en cierto sentido, son realmente «nuestros hermanos mayores».21
Al final de este milenio, la Iglesia católica desea expresar su profundo pesar por las
faltas de sus hijos e hijas en las diversas épocas. Se trata de un acto de arrepentimiento
(teshuvah), pues, como miembros de la Iglesia, compartimos tanto los pecados como los
méritos de todos sus hijos. La Iglesia se acerca con profundo respeto y gran compasión a
la experiencia del exterminio, la Shoah, que sufrió el pueblo judío durante la
segunda guerra mundial. No se trata de meras palabras, sino de un compromiso vinculante.
«Nos arriesgaríamos a hacer morir nuevamente a las víctimas de muertes atroces, si no
sintiéramos pasión por la justicia y no nos comprometiéramos, cada uno según sus propias
posibilidades, a lograr que el mal no prevalezca sobre el bien, como sucedió a millones de
hijos del pueblo judío... La humanidad no puede permitir que todo eso suceda nuevamente».22
Pedimos a Dios que nuestro dolor por la tragedia que el pueblo judío ha sufrido en
nuestro siglo lleve a nuevas relaciones con el pueblo judío. Deseamos transformar la
conciencia de los pecados del pasado en un firme compromiso de construir un nuevo futuro, en
el que no existan ya sentimientos antijudíos entre los cristianos o sentimientos
anticristianos entre los judíos, sino más bien un respeto recíproco, como conviene a
quienes adoran al único Creador y Señor, y tienen un padre común en la fe, Abraham.
Invitamos, por último, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad a reflexionar
profundamente en el significado de la Shoah. Las víctimas, desde sus tumbas, y los
sobrevivientes mediante su emotivo testimonio de lo que sufrieron, se han convertido en un
fuerte clamor que llama la atención de la humanidad entera. Recordar ese terrible drama
significa tomar plena conciencia de la saludable advertencia que implica: a las semillas
podridas del antijudaísmo y del antisemitismo jamás se les debe permitir echar raíces en
ningún corazón humano.
Ciudad del Vaticano, 16 de marzo de 1998
Cardenal Edward Idris Cassidy
Presidente
Pierre Duprey, m.afr.
Vicepresidente
Remi Hoeckman, o.p.
Secretario
NOTAS:
1. Tertio millennio adveniente (10 de noviembre de 1994), 33: AAS 87
(1995) 25.
2. Cf. JUAN PABLO II, Discurso a la comunidad judía en la sinagoga de Roma (13 de
abril de 1986), n. 4: AAS 78 (1986) 1.120; L’Osservatore Romano, edición en
lengua española, 20 de abril de 1986, p.12.
3. JUAN PABLO II, Angelus del 11 de junio de 1995, n. 2: L’Osservatore Romano,
edición en lengua española, 16 de junio de 1995, p. 1.
4. Cf. JUAN PABLO II, Discurso a la comunidad judía de Budapest (18 de agosto de
1991), n. 4: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 30 de agosto de
1991, p. 10.
5. JUAN PABLO II, Centesimus annus (1 de mayo de 1991), 17: AAS 83 (1991)
814-815.
6. Cf. JUAN PABLO II, Discurso a los delegados de las Conferencias episcopales para las
relaciones con el judaísmo (5 de marzo de 1982): L’Osservatore Romano,
edición en lengua española, 11 de abril de 1982, p. 11.
7. Cf. COMISION DE LA SANTA SEDE PARA LAS RELACIONES RELIGIOSAS CON EL JUDAISMO, Notas
para una correcta presentación de judíos y judaísmo en la predicación y la catequesis de
la Iglesia católica (24 de junio de 1985), VI: L’Osservatore Romano, edición
en lengua española, 15 de septiembre de 1985, p. 18.
8. JUAN PABLO II, Discurso a los participantes en el encuentro de estudio sobre «Raíces
del antijudaísmo en ambiente cristiano» (31 de octubre de 1997), n. 1: L’Osservatore
Romano, edición en lengua española, 7 de noviembre de 1997, p. 5.
9. Cf. Nostra aetate, 4.
10. Cf. B. Statiewski (Ed.), Akten deutschher Bischöfe über die Lage der Kirche,
1933-1945, vol. I, 1933-1934 (Mainz 1968), Apéndice.
11. Cf. L. VOLK, Der Bayerische Episkopat und der Nationalsozialismus 1930-1934
(Mainz 1966), pp. 170-174
12. La encíclica está fechada el 14 de marzo de 1937: AAS 29 (1937) 145-167.
13. La Documentation Catholique, 29 (1938), col. 1.460.
14. AAS 31 (1939) 413-453.
15. Ib., 449
16. Organizaciones y personalidades judías representativas reconocieron varias veces
oficialmente la sabiduría de la diplomacia del Papa Pío XII. Por ejemplo, el jueves 7 de
septiembre de 1945, Giuseppe Nathan, comisario de la Unión de comunidades judías
italianas, declaró: «Ante todo, dirigimos un reverente homenaje de gratitud al Sumo
Pontífice y a los religiosos y religiosas que, siguiendo las directrices del Santo Padre,
vieron en los perseguidos a hermanos, y con valentía y abnegación nos prestaron su ayuda
inteligente y concreta, sin preocuparse por los gravísimos peligros a los que se
exponían» (L’Osservatore Romano, 8 de septiembre de 1945, p. 2). El 21 de
septiembre del mismo año, Pío XII recibió en audiencia al doctor A. Leon Kubowitzki,
secretario general del Congreso judío internacional, que acudió para presentar «al Santo
Padre, en nombre de la unión de las comunidades judías, su más viva gratitud por los
esfuerzos de la Iglesia católica en favor de la población judía en toda Europa durante la
guerra» (L’Osservatore Romano, 23 de septiembre de 1945, p. 1). El jueves 29 de
noviembre de 1945, el Papa recibió a cerca de ochenta delegados de prófugos judíos,
procedentes de varios campos de concentración en Alemania, que acudieron a manifestarle
«el sumo honor de poder agradecer personalmente al Santo Padre la generosidad demostrada
hacia los perseguidos durante el terrible período del nazi-fascismo» (L’Osservatore
Romano, 30 de noviembre de 1945, p. 1). En 1958, al morir el Papa Pío XII, Golda Meir
envió un elocuente mensaje: «Compartimos el dolor de la humanidad (...). Cuando el
terrible martirio se abatió sobre nuestro pueblo, la voz del Papa se elevó en favor de sus
víctimas. La vida de nuestro tiempo se enriqueció con una voz que habló claramente sobre
las grandes verdades morales por encima del tumulto del conflicto diario. Lloramos la muerte
de un gran servidor de la paz».
17 Cf. JUAN PABLO II, Discurso al nuevo embajador de la República federal de Alemania
(8 de noviembre de 1990), n. 2: AAS 83 (1991) 587-588; L’Osservatore Romano,
edición en lengua española, 7 de diciembre de 1990, p. 20.
18. Nostra aetate, 4
19. JUAN PABLO II, Discurso a los representantes de la comunidad judía de Alsacia (9
de octubre de 1988), n. 8: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 20
de noviembre de 1988, p.19.
20. JUAN PABLO II, Discurso a los miembros del Cuerpo Diplomático (15 de enero de
1994), n.9: AAS 86 (1994) 816; L’Osservatore Romano, edición en lengua
española, 21 de enero de 1994, p.19.
21. JUAN PABLO II, Discurso a la comunidad judía en la sinagoga de Roma (13 de abril
de 1986), n.4: ASS 78 (1986) 1.120; L’Osservatore Romano, edición en lengua
española, 20 de abril de 1986, p.12.
22. JUAN PABLO II, Discurso con motivo de la conmemoración del Holocausto (7 de
abril de 1994), n.3: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 22 de
abril de 1994, p.15. |