Yo soy la niña a la que Hitler temía

Discurso pronunciado con motivo del Día Internacional en Memoria de las Víctimas del Holocausto (27 de enero) en el Parlamento de la República Federal de Alemania, durante la ceremonia conmemorativa del 28 de enero de 2026.

Buenas tardes, presidente de Alemania Steinmeier, presidenta del Parlamento Alemán, Sra. Klöckner, canciller federal Mertz, su excelencia Ron Prosor, embajador del Estado de Israel en Alemania, miembros del parlamento, honorables sobrevivientes, señoras y señores.

Es para mí un gran honor dirigirme a ustedes en esta ocasión tan solemne y significativa.

Me presento hoy ante ustedes para compartir una verdad dolorosa, pero esencial. No tengo hermanas ni hermanos, no tengo tíos ni tías, y nunca conocí a mis abuelos ni a mis bisabuelos debido a lo que se les hizo a millones de judíos durante la Segunda Guerra Mundial en nombre de una ideología deshumanizante, el antisemitismo, una ideología que corrompió el juicio moral, vació las instituciones y, en última instancia, convirtió a personas comunes y corrientes en participantes de crímenes sin precedentes.

Hoy hablo no solo en mi nombre, sino en memoria de los seis millones de hombres, mujeres y niños judíos que fueron asesinados simplemente por ser judíos. Entre ellos había un millón y medio de niños, que no tuvieron tanta suerte como yo y no sobrevivieron. Muchos fueron deportados a campos de exterminio, y a las pocas horas de su llegada los despojaron de sus pertenencias, su identidad, su dignidad y sus vidas. Otros fueron asesinados a tiros en pueblos, campos, bosques y valles de toda Europa: familias enteras fueron exterminadas en el mismo lugar donde se encontraban.

Pertenezco al número cada vez más reducido de sobrevivientes que aún pueden dar testimonio. Ya solo quedamos muy, muy pocos. No damos nuestro testimonio para reabrir heridas, sino para evitar el olvido. La historia nos ha demostrado que olvidar nunca es neutral: es peligroso.

¿Quién hubiera imaginado que una niña conocida solamente como la prisionera número A-27633 –perdónenme, pero esto me conmueve profundamente--, que iba a encontrar la muerte en la cámara de gas, estaría aquí ochenta y un años después ante ustedes, ante líderes comprometidos con el recuerdo y la responsabilidad? Estoy aquí porque otros ya no pueden hacerlo. Estoy aquí porque sobreviví. Porque si hay todavía sobrevivientes del Holocausto, ellos tienen voz y deben contar la verdad.

Yo soy la niña a la que Hitler temía. Porque su lema era «NO DEJAR TESTIGOS». Hablo en nombre de esos seis millones cuyas voces fueron silenciadas y por los niños que ya no están. Soy su voz. Seis millones es una cifra enorme, difícil de imaginar. Yo soy un testigo para ustedes. Déjenme llevarlos en un viaje al infierno. Compartiré con ustedes algunos de mis recuerdos, y luego multiplíquenlos por un millón y medio, porque todos los demás niños que ya no están aquí para dar testimonio de esto podrían haber vivido lo mismo en otros campos.

Mi primer recuerdo es el de estar escondida debajo de una mesa en un pequeño apartamento abarrotado en el gueto de Tomaszów Mazowiecki. Reconocía las voces de mis padres, mi abuela y mi tío, pero sabía que no debía salir a menos que me lo dijeran. Era peligroso. Los SS perseguían a los ancianos y a los niños, los más indefensos. Mi abuela fue asesinada a tiros fuera de nuestra casa mientras yo estaba escondida. Oí los disparos, los perros, sus gritos y luego el silencio.

Cuando se liquidó el gueto, la mayor parte de su población fue asesinada o deportada a Treblinka. Mi familia se vio obligada a quedarse para borrar todo rastro de lo que había ocurrido.

Más tarde, mi padre describió en su testimonio la escena que tuvo lugar antes de la deportación: «Las madres abrazaban a sus hijos pequeños, con la mirada desesperada y compasiva fija en los ojos de sus pequeños, llenos de dolor y tristeza, presintiendo que su fin estaba cerca, y con las manos impotentes levantadas al cielo, preguntaban: Señor del universo, ¿por qué nos has infligido una sentencia de muerte tan horrible?». Un rabino que mi padre conocía le gritó justo cuando se cerraban las puertas del vagón: «No nos olvides», y repitió en ídish, «fargués undz nisht». Y eso es precisamente lo que yo intento hacer.

Llegamos a Starachowice el 5 de septiembre, dos días antes de mi quinto cumpleaños. Era un campo de trabajos forzados rodeado de alambre de púas y torres de vigilancia por todas partes. No había ningún lugar donde esconderse. Mis padres trabajaban en una fábrica de municiones de la mañana a la noche. Recuerdo la voz de mi madre: «Cuídate hasta que yo vuelva». Ella empezó a enseñarme mis primeras técnicas de supervivencia: «Recuerda, no corras cuando veas a los perros. No mires directamente a los ojos a nadie, ni a los perros ni a los soldados. Mantén la mirada baja, deja que pasen. Intenta ser invisible...». Esas fueron algunas de las técnicas de supervivencia que me salvaron la vida muchas veces durante la guerra cuando estaba sola, sin mi madre.

Yo pasaba todo el día en la calle con los otros niños, porque nuestros padres no estaban. Tratábamos de evitar a los perros y a los guardias. Nos sentíamos afortunados de haber escapado por el momento de las temidas selecciones. «Mamá, ¿dónde está toda la gente?», pregunté un día. Lo pregunté porque el campo parecía haberse vaciado. Estaba en la calle y veía que ya no quedaba mucha gente en el campo. «Selecciones», respondió mi madre. Todavía recuerdo esa palabra en alemán. No recuerdo muchas palabras, pero esta la recuerdo hasta hoy. A los cinco años la entendí. «Selecciones»: no tuvo que decir nada más. Yo sabía que se seleccionaba a personas para matarlas...

Me volví más cautelosa y a menudo me quedaba sola en nuestra habitación. Entonces oí algo muy aterrador: «selección de niños». Un escalofrío recorrió a todos los padres. ¿Dónde esconder a los niños? Mis padres me escondieron en un falso techo preparado para esa eventualidad. Los esbirros de las SS, con sus armas, descubrieron a casi todos los niños temblorosos que habían estado escondidos. Ante los gritos de sus padres, los subieron a camiones y los llevaron a la muerte. Los fusilaron fuera de nuestra ciudad y luego los enterraron en una fosa común que tuvieron que cavar los propios padres.

Mi vida cambió de un día para otro. Tenía que quedarme en nuestra pequeña y oscura habitación, cuyas ventanas estaban cubiertas con gruesas cortinas. Nadie debía saber que estaba allí. Todavía recuerdo lo que pensé entonces: «¿Soy la única niña judía que queda en este mundo?», me preguntaba con inocencia.

Mis recuerdos de ese período son muy vagos. Dormía mucho, lloraba en silencio y esperaba que mis padres volvieran por la noche de la fábrica y me dieran algo de comer. Entonces, un hermoso día de verano, me permitieron salir de la habitación oscura para disfrutar del sol. Pero mi madre estaba haciendo las maletas. «¿Adónde vamos?», le pregunté. «A Auschwitz», respondió.

A los 5 años, yo conocía ya ese nombre. Todos lo conocíamos. Yo sabía que nadie regresaba de allí, pero como era una niña, me concentré en la luz y el sol que estaba experimentando después de semanas de oscuridad, así que no reaccioné demasiado. Media hora más tarde, estábamos de pie ante las puertas abiertas del vagón de ganado. Esa fue la segunda vez que vi llorar a mi padre. La primera vez fue cuando le dijo a mi madre que acababa de ayudar a sus padres a subir a un camión y les había dado un beso de despedida. Todos sabían que nunca volverían a verse. Y ahora, de pie, lloraba y me decía que fuera una buena chica. Era la primera vez que nuestra pequeña familia se separaba. A mi madre y a mí nos metieron a empujones en un vagón de ganado para mujeres y mi padre se fue con los hombres. Fueron 36 horas terribles de oscuridad, sed y hambre, sin baño. Intenté hablar con mi madre para que me consolara, pero los gritos, gemidos y plegarias, terriblemente fuertes, de las mujeres aterrorizadas hacían imposible hablar.

Al llegar a Auschwitz, las puertas se abrieron de golpe y la repentina luz del sol me hizo doler los ojos, pero fue el olor lo que me abrumó. «¿Qué es ese olor?». Mi madre señaló el humo oscuro, espeso y nocivo que respiré durante el resto de mi estancia en Auschwitz. Yo sabía lo que era. No necesitaba explicármelo.

Con la cabeza rapada, vestidos con poca ropa, hambrientos y cansados, nos llevaron a nuestro nuevo «hogar»: una litera intermedia en una barraca grande, oscura y deprimente. ¿Por qué no nos mataron de inmediato? Eso les pasó a todos los demás. Cualquier niño de nuestra edad ni siquiera habría llegado a las barracas. ¿Por qué no nos llevaron directamente a la cámara de gas? Porque llegamos en domingo. Y se suponía que los hombres de las SS eran cristianos. No sé exactamente qué eran, pero no quisieron trabajar tanto ese domingo. Había cuatro cámaras de gas; se negaron a abrir la quinta el domingo. Como ya estábamos en Auschwitz, eso se podía solucionar más tarde. Así que fue un milagro que no nos llevaran directamente a la cámara de gas.

Una vez más, mi madre me enseñó técnicas de supervivencia: «Cuida bien tu plato, tu taza y tu cuchara. O pasarás hambre». Es imposible describir el hambre que padecíamos. Me moría de hambre con una ración y media, ya que mi madre me daba la mitad de la suya.

«Pase lo que pase, no llores. Te considerarán débil. Los débiles no sobreviven». No lloré cuando me golpearon por no estar quieta en un Appell, un pase de lista. No lloré cuando enfermé gravemente y me dolía todo, ni cuando me separaron de mi madre, me tatuaron y me llevaron con otros niños a una barraca a esperar la muerte. Tampoco lloré cuando estaba desnuda, helada y hambrienta, esperando con otros niños a que se abriera la puerta de la cámara de gas.

Contra toda lógica, mi madre y yo sobrevivimos. Cuando salimos de Auschwitz, caminando de la mano, ella me susurró una sola palabra: «Recuerda». Yo tenía seis años y medio, y desde entonces, recuerdo todos los días.

Tras la liberación, el futuro que mi madre me había prometido ya no existía. Cuando estábamos en Auschwitz, me dijo: «Conocerás a mi maravillosa familia. Tengo hermanas, hermanos, sobrinos y sobrinas. Celebraremos juntos todas las festividades judías”. Pero ciento cincuenta miembros de su familia fueron asesinados. Ella fue la única que sobrevivió. Mi padre regresó de Dachau destrozado física y mentalmente. Rara vez podía hablar de ello. Mi madre murió a los 45 años. Aunque había sobrevivido físicamente, su corazón nunca abandonó Auschwitz. Una vez me dijo: «Este no es un mundo hecho para los seres humanos».

Me enteré de su muerte durante un viaje universitario a Israel, el sueño de toda mi vida. Para nosotros, Israel no es simplemente un lugar en el mapa. Es el corazón de una historia de tres mil años, una historia de fe, anhelo, pérdida y retorno. Incluso en nuestros momentos más oscuros, Israel simbolizaba la esperanza, la continuidad y la creencia de que la desesperación no tendría la última palabra. Después del Holocausto, se convirtió en una necesidad moral y existencial: la garantía de que la vida judía nunca más dependería únicamente de la misericordia de los demás.

Ahora, 81 años después, gran parte del mundo se ha vuelto en nuestra contra. Salí de Auschwitz pensando que nunca más tendría que temer ser judía, pero aquí estamos... Mi nieto tiene que ocultar su Estrella de David en el campus, mi nieta se vio obligada a abandonar su residencia estudiantil para evitar el acoso. En las calles de Nueva York, París y Ámsterdam se oyen gritos de «Hitler tenía razón» y «gaseen a los judíos». Los judíos de todo el mundo se sienten una vez más expuestos, perseguidos y odiados. ¿Es este el mundo que han heredado los jóvenes? ¿Un mundo lleno de odio y miedo, donde los judíos vuelven a ser los chivos expiatorios de los males de la sociedad? Así es exactamente como comenzó todo en la década de 1930 en Alemania. El antisemitismo no ha desaparecido, sino que se ha adaptado. Ahora se disfraza a menudo con un nuevo lenguaje antisionista, se propaga a una velocidad alarmante a través de las redes sociales y encuentra aceptación en espacios que deberían defender el pensamiento crítico y la claridad moral, como las universidades y otras instituciones académicas. Di una charla en una universidad estadounidense: los estudiantes judíos me dijeron que ahora tienen miedo de escribir un ensayo en el que expresen una visión positiva de Israel porque temen recibir notas bajas. Estas son advertencias que debemos tener en cuenta. La historia nos enseña que el odio nunca se limita a un solo pueblo. Cuando se tolera el antisemitismo, se debilitan los propios valores democráticos.

El gran rabino Jonathan Sacks dijo: “Para defender un país, se necesita un ejército. Pero para defender una civilización, se necesita educación”. Por lo tanto, la educación, el liderazgo y la valentía cívica no son opcionales, sino esenciales.

Reconozco con gratitud el compromiso sostenido de Alemania para hacer frente al antisemitismo a través de la educación, la memoria y las políticas. Alemania comprende, quizá más profundamente que cualquier otra nación, lo que sucede cuando se normaliza el odio y se elude la responsabilidad. Su «Estrategia nacional contra el antisemitismo» y su resolución «Nunca más es ahora» protegen y fortalecen la vida judía. Sus programas de envío de profesores y estudiantes a Israel y a los campos de concentración proveen una apreciación y una mejor comprensión de nuestro pueblo y nuestra historia. Alemania ha aprendido de su amarga experiencia lo que el odio descontrolado hacia todo un pueblo puede hacerle a la fibra moral y emocional de una nación. Por desgracia, eso no parece ser suficiente. El antisemitismo vuelve a aumentar en Alemania. Por lo tanto, es imperativo que el Gobierno intensifique y refuerce su campaña contra él, a todos los niveles, mediante políticas, educación y protección de sus ciudadanos judíos.

Las generaciones más jóvenes no son responsables del comportamiento atroz y espantoso de sus antepasados ​​en Treblinka, Auschwitz-Birkenau, Majdanek, Bergen-Belsen, Dachau y otros campos de concentración nazis. Pero ustedes, especialmente quienes ocupan puestos de liderazgo, son responsables del mundo que están construyendo ahora: de su propio futuro y del de sus hijos. Y eso significa tomar muy en serio esta plaga, esta epidemia de odio, este antisemitismo. La neutralidad frente al odio no es neutralidad: es permisividad.

En nuestras sinagogas, cada sábado, rezamos por nuestros líderes: para que gobiernen con sabiduría, valentía y compasión; para que prevalezcan la justicia, la seguridad y la dignidad; y para que personas de todas las religiones y procedencias puedan convivir sin miedo ni exclusión. Que el recuerdo nos lleve a la responsabilidad. Que la responsabilidad nos lleve a la acción. Y que la acción garantice que «Nunca más» no sea un eslogan, sino un compromiso duradero.

Dedico mis días a intentar educar a los demás, especialmente a las generaciones más jóvenes, dando charlas en colegios y a través de redes sociales como TikTok. Seguiré haciéndolo hasta el día de mi muerte.

Les agradezco de todo corazón la oportunidad de estar aquí y la maravillosa, cálida y amable bienvenida que recibí. Nunca lo olvidaré.

Gracias.

Editorial remarks

Tova Friedman tenía solo cuatro años cuando fue deportada a un campo de concentración con su madre. A los seis años llegó a Auschwitz-Birkenau. Lo que vivió allí marcaría toda su vida: un sufrimiento indescriptible, pero también una esperanza inquebrantable y un amor cuyo poder logró lo inimaginable. Es una de las pocas personas que sabe lo que significa haber visto una cámara de gas desde dentro y poder hablar hoy de ello. En la actualidad, Tova Friedman es una de las voces más comprometidas de los sobrevivientes, educando a las generaciones futuras sobre los horrores de la guerra y el espíritu perverso del antisemitismo, incluso en TikTok, donde se convirtió rápidamente en una sensación viral con los videos que produce junto con su nieto. https://www.tiktok.com/@tovafriedman

Fuente: Parlamento alemán.

Traducción: Silvia Kot