Se ha dicho durante por lo menos los últimos 50 años, que el desprecio cristiano hacia los judíos ha sido en gran medida un elemento constitutivo de la teología y la autocomprensión cristianas, hasta el punto de que para algunos cristianos, el sentimiento de desprecio hacia los judíos es o ha sido parte del hecho mismo de ser cristiano. Esto se remonta, como se sabe, a los orígenes del cristianismo en el judaísmo y se basa en la propensión cristiana a afirmarse (negando al mismo tiempo su historia y su origen) considerándose a sí mismo como intérprete definitivo de la Biblia y la historia hebreas, y efectuar acusaciones contra los judíos basadas en textos de la escritura cristiana en los que se describe a los judíos como culpables de haber entregado a Jesús a los romanos.
Aunque para mí, personalmente, esta clase de acusaciones nunca tuvo el menor sentido (como tampoco, por ejemplo, el argumento de que las mujeres no pueden ordenarse en el clero porque todos los discípulos de Jesús eran hombres)y, educada en una familia protestante progresista, ya era una adolescente cuando oí por primera vez expresar ese desprecio hacia los judíos basado en la acusación de que “los judíos mataron a Jesús”, yo, como cristiana, debo analizar esas enseñanzas del desprecio. Debo investigarlas, preocuparme por ellas y lamentar sus devastadoras consecuencias históricas, y debo estar alerta frente a la influencia que puedan tener actualmente en la teología y en las acciones cristianas. En un sentido real y activo, debo asumir una responsabilidad por la enseñanza del desprecio.
¿Qué significa asumir una responsabilidad por el desprecio cristiano hacia los judíos? En primer lugar, significa, como dije, reconocerlo y ser consciente de ello. También significa comprometerse a corregir el desprecio donde se lo encuentre: en escritos, plegarias, homilías, en las acciones de todo tipo, en las relaciones. Y significa un firme rechazo a reproducirlo en cualquier forma. También significa un esfuerzo honesto para enfrentar las consecuencias–pequeñas y grandes– de ese desprecio y desarrollar una fructífera relación con judíos en formas tanto abstractas como concretas.
¿Qué significa asumir una responsabilidad por la enseñanza cristiana del desprecio, en este momento y en este lugar, en un diálogo entre judíos, cristianos y musulmanes? La enseñanza cristiana del desprecio con respecto al islam es diferente, por su origen y su naturaleza, a la enseñanza del desprecio relacionado con el judaísmo. En cuanto al islam, creo que gran parte de la enseñanza cristiana del desprecio tuvo que ver históricamente con la feroz competencia y la historia sangrienta entre dos religiones expansionistas. En la actualidad, el desprecio hacia el islam que enseñan algunos cristianos tiene mucho que ver con la historia reciente, y en la mente de muchos cristianos, que a menudo no conocen el islam, existe una falsa identificación del islam en su conjunto con la violencia y el odio hacia el cristianismo. Lamentablemente, hay muchos tratados teológicos y una gran cantidad de ejemplos históricos de desprecio cristiano hacia el islam que han causado destrucción y violencia en comunidades musulmanas en diversos lugares y momentos, que siguen justificando actos y actitudes de crueldad y odio, y cargan las relaciones entre musulmanes y cristianos de memorias negativas y dolorosas y una historia de mutua desconfianza.
También en este caso, los cristianos deben investigar, deben conocer la historia, que muchos cristianos occidentales ignoran, deben negarse a participar en la enseñanza del desprecio o reproducirla, y deben llamar al orden a las personas que llevan a cabo enseñanzas o actos de desprecio. Una vez más, los cristianos deben asumir una responsabilidad personal y colectiva, y trabajar en forma activa contra el desprecio a los musulmanes, y en una forma igualmente activa, en favor de relaciones respetuosas entre cristianos y musulmanes.
En última instancia, confrontado con otro prolongado ejemplo de acciones cristianas de desprecio, el cristiano debe preguntarse a sí mismo si ese frecuente desprecio hacia el “otro” religioso, esa propensión a considerar “otros” a los otros, y convertirlos así con mayor facilidad en objetos de odio y exclusión, está incorporado hasta tal punto al cristianismo que para establecer relaciones mutuas morales con musulmanes o judíos (y con otros), debe abandonar completamente la tradición cristiana. Sí, tenemos que preguntarnos si debemos dejar de ser cristianos para poder establecer la clase de relaciones de reciprocidad y respeto que, según nuestra tradición moral cristiana, tenemos la obligación de desarrollar.
Desde esta perspectiva, no llama la atención que muchos cristianos sientan una especie de nostalgia por la era preconstantiniana, cuando los cristianos no estaban en el poder ni eran poderosos, y por lo tanto, la comunidad de fe, en sus relaciones con los demás, no estaba tan corrompida por la hibris ni sentía desprecio por otros, y aunque tuviera esa tentación, carecía del poder para llevarla a la práctica.
Dicho de otro modo: a la luz de todas las evidencias históricas y contemporáneas de desprecio hacia los judíos y los musulmanes, el cristiano debe interrogarse acerca de las verdaderas posibilidades, no solo de reconocimiento y perdón, sino de cambio, que existen dentro del propio cristianismo. Aquí debo decir que tanto en la Escritura hebrea que compartimos con los judíos como en la Escritura específicamente cristiana, encontramos abundantes recursos teológicos, morales e incluso sociológicos, para entender que las actitudes y las acciones de odio hacia los demás, especialmente de parte de grupos, y, lo más importante, recursos morales en términos de una comprensión de la obligación moral, la responsabilidad y los principios morales, que contradicen todas esas enseñanzas del desprecio y que juzgan el pensamiento y condenan el comportamiento que resultan de esas enseñanzas.
Ustedes saben a qué me refiero: las advertencias escriturales sobre el egoísmo humano y sobre la enorme capacidad humana de autoexaltación; la aparentemente infinita habilidad que tenemos los seres humanos para vernos a nosotros mismos o considerar nuestras motivaciones bajo la luz más favorable, para mentirnos a nosotros mismos y mentirles a los demás; nuestra pecaminosa propensión a reemplazar a Dios por ídolos de poder y riqueza o de rehacer convenientemente a Dios a nuestra propia imagen, y a reivindicar a Dios sólo para nosotros. El teólogo moral cristiano norteamericano Reinhold Niebuhr dedicó gran parte de su vida al análisis del comportamiento en los grupos y al estudio de nuestras autoimpuestas y excesivas preocupaciones por la seguridad, y nuestro temor a la mortalidad que, dice, desarrolla nuestra hipocresía especialmente cuando estamos en un grupo, pues en su interior nos fortalecemos y nos damos seguridad mutuamente, y desarrollamos nuestra solidaridad dentro del grupo negando a los otros, a quienes consideramos que están fuera del grupo. Cuando formamos parte de un grupo, dice Niebuhr, podemos tener ciertas conductas que la gran mayoría de nosotros jamás tendría como individuo.
En la Escritura cristiana también encontramos como tema moral central el mandato de ama al otro sin reservas, y no sólo a quienes elegimos amar, sino especialmente a aquellos que no son amados por la sociedad. Los seres humanos tenemos esa capacidad de amar, y también la obligación moral de usarla. Amar al otro significa amar a toda la humanidad de una manera que trascienda las diferencias tribales, étnicas y religiosas.
La lectura de Hanna Arendt me hizo ver por primera vez la importancia de que las comunidades humanas sean capaces de volver a empezar, de no repetir ciclos de violencia y odio, sino comenzar desde cero. Arendt ubicaba esta habilidad en la capacidad humana de perdonar. El cristianismo posee, según su propia autocomprensión, esa capacidad de poder perdonar al otro y también de poder perdonarse a uno mismo. Así como Dios perdona, por terribles que sean nuestros pecados, nosotros podemos enfrentar nuestros propios pecados o los pecados del grupo, pedir perdón, reparar el daño, seguir adelante, cambiar.
De algún modo, las enseñanzas del desprecio son, aunque la analogía dista de ser perfecta, como genes que se activan cuando existe una interacción determinada en algún grupo complejo de factores, incluyendo los atributos dados y los ambientales. La enseñanza del desprecio está presente sin duda en la tradición cristiana y es ajena a la tradición de otras culturas circundantes, y ambas pueden ser siempre mutuamente permeables y accesibles, y a veces indistinguibles. En algún momento histórico apropiado y con una exacta combinación de líderes inescrupulosos, personas, juegos de poder, intereses encontrados, inseguridad, problemas económicos, ideologías, u otros factores, pueden ser activados. Por eso, para combatirlos, el trabajo que nos queda por hacer dentro de la tradición cristiana sigue siendo formidable. Pero también es formidable el trabajo que debemos hacer fuera de nuestra tradición, con otras tradiciones y en la sociedad en general. El cristianismo, como el islam y el judaísmo, no puede disociarse del mundo, sino que está siempre dentro del mundo, y la dinámica del mundo puede llevar a producir las enseñanzas del desprecio o a frenar su potencia.
De modo que nos enfrentamos a dos eternas preguntas. En primer lugar, cómo nos ayudamos mutuamente para fortalecer en nuestras tradiciones los antídotos contra el desprecio, promoviendo el autoconocimiento y la autocrítica, siendo honestos con nosotros mismos y con los demás, amando al otro y luchando contra la injusticia donde la encontremos, Y en segundo lugar, cómo podemos actuar en conjunto y en forma independiente en el mundo para evitar que se den en él las condiciones capaces de activar el desprecio dentro de nuestras tradiciones.
Una importante vía de acción entre nuestras tradiciones religiosas y dentro de ellas es, a mi juicio, encontrar, estudiar y hacer visibles los innumerables ejemplos históricos y contemporáneos de individuos y grupos que tienen y están creando una historia alternativa, una historia de cooperación, respeto mutuo y sí, incluso amor, entre nuestras comunidades religiosas, y viven así las enseñanzas morales de nuestras tradiciones que también existen y, dependiendo de nosotros, pueden ser tan poderosas como las enseñanzas del desprecio. El Foro Abrahámico del ICCJ puede ser, y es, uno de esos ejemplos.

