Sin duda, debemos agradecerle a Henri Tincq su biografía del cardinal Lustiger. Su libro completa y estructura nuestros recuerdos. El trabajo de investigación y de reflexión permite ir más allá de la crónica y el comentario, y pasar del periodismo a la contribución a la historia. Permanecerá como una referencia en medio de las pasiones que inexorablemente seguirán suscitando el itinerario y la personalidad excepcionales de Aron-Jean-Marie Lustiger. Este relato tiene el mérito de intentar mostrarnos el punto de vista y la lógica que han motivado los emprendimientos y las iniciativas de quien ha sido arzobispo de París entre 1981 y 2005. La lectura de este libro nos convence de que no todo se explica por los orígenes y el carácter de un hombre en las circunstancias de la segunda mitad del siglo XX, sino que esa vida se inscribió conscientemente en el arco del horizonte desplegado por la Biblia y tendido hacia el cumplimiento de todas las cosas.
He formado parte de lo que, desde afuera, podía sospecharse que constituía la “corte” del arzobispo de París. Me apresuro a aclarar que, por mi parte, nunca tuve la impresión de ser un “cortesano”, y dudo mucho de que el cardenal Lustiger hubiera soportado tener esa clase de relación. No conozco a nadie de su entorno que haya tratado de caerle bien con la esperanza de recibir favores o simplemente para conservar su puesto. Alrededor del cardenal Lustiger, solo hubo personas – y puedo decir sinceramente que al menos ese fue mi caso – que él necesitaba, y que no veían ningún motivo para no ofrecerle los servicios correspondientes a sus competencias. Todo eso, insisto, con una libertad de espíritu y de palabra que “el jefe” era el primero en exigir.
Me impresionó la pertinencia del subtítulo elegido por Henri Tincq: “El cardenal profeta”. Es una combinación de palabras nada habitual. No se le suele atribuir espontáneamente cualidades proféticas a un cardenal, mientras que un profeta se distingue por su independencia con respecto a las autoridades establecidas, de modo que sería imposible imaginarlo como un alto dignatario de una institución. En este caso, el cardenal es el “príncipe de la Iglesia”, el sucesor de los apóstoles, el cristiano, el latino, incluso el romano; y el profeta es el judío – bautizado y no “convertido” –, la figura del Primer Testamento nunca abolido por el Nuevo, el vocero de Dios que despierta al Pueblo aletargado en sus complacencias y a los paganos prisioneros de sus ídolos.
Al leer el libro de Henri Tincq, vi cada vez con mayor claridad que la paradójica combinación de palabras del subtítulo encontraba su explicación en los nombres que había elegido y recibido este “cardenal profeta”. Conocemos la importancia de los nombres en la Biblia. No solo sirven para dar una identidad: traducen una vocación. Nombrar es ejercer un poder, y ser nombrado –o vuelto a nombrar– es recibir la fuerza para cumplir una misión. En este caso, “Jean” y “Marie” pueden contener mucho más de lo que aparece a primera vista. Y no olvidemos todo lo que implica “Aron”. Por último, incluso el patronímico “Lustiger” puede no ser un absurdo arbitrario.
Jean
Al bautizarse, el futuro cardenal eligió identificarse con quien es la última figura profética del Primer Testamento, al mismo tiempo que la primera del Nuevo: Juan, primo de Jesús, es, según la expresión del cántico de Zacarías en el evangelio de san Lucas (1, 76), el “Profeta del Altísimo, que marcha delante del Señor preparando sus caminos”. Como el Bautista, Jean-Marie Lustiger no tendría miedo de llamar a la conversión, y decirles a sus contemporáneos y a los poderosos de este mundo la verdad sobre sus comportamientos y sus tentaciones, anunciando al mismo tiempo la llegada del Mesías.
Sin embargo, no es con el Precursor con quien se identificó explícitamente Jean-Marie Lustiger, aunque de hecho proclamó, como él, que Cristo no deja de llegar, sino con el otro Juan, el “discípulo amado”. Es lo que puede leerse en la placa a su memoria que el cardenal hizo colocar en el pilar de la derecha a la entrada del coro de Notre Dame: “Juan el Apóstol”.[1] Pero el hermano de Santiago también es el autor del Apocalipsis. Es decir, el profeta de la gloria escatológica del “Hijo del hombre”. Puede decirse así que al tomar el nombre de Juan, el cardenal Lustiger asumió, quizá sin medirlo en plenitud de antemano, el papel de profeta al mismo tiempo de la venida y del retorno del Salvador, es decir, tanto de la Primera Alianza como de la Nueva.
Marie
El segundo nombre que tomó al recibir el bautismo el joven Aron Lustiger sorprende un poco, si se reflexiona sobre ello. Sin duda, María, “hija de Israel”, es, como el Bautista, en cierto modo el puente, la bisagra o la confluencia entre el judaísmo y el cristianismo. Pero, en su discreción femenina, ella no es un profeta. No pronuncia discursos. Y sin embargo, su “sí” a Dios es decisivo, incluso indispensable. Su modestia, su disponibilidad da frutos prodigiosos, porque su carne se abre al Espíritu de Dios, no solo para que se encarne el Hijo, sino también para darle hijos al Padre, como Madre de los creyentes y de toda la Iglesia.
Así, María es el prototipo de la humanidad que Dios eligió, desposó e hizo fecunda. Y en cierto modo es a ella a quien se conforma el sacerdote, con una dimensión esponsal y maternal que no debe ser ocultada por su configuración más manifiestamente masculina en el Hijo, en cuyo nombre él dice “yo”, y que es “la imagen” del Padre de los cielos. Así como en María, “el Verbo se hace carne”, en las manos del sacerdote y a través de su voz, el pan y el vino se transforman en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Y del mismo modo, en su función pastoral, le da hijos e hijas a Dios. La adopción del nombre Marie descubre así, en el cardenal Lustiger, lo que permanece básicamente, y hasta idealmente humano, y por lo tanto marial, en “el hombre de Dios”, literalmente tomado por el Espíritu y dotado del poder del Hijo, para que se cumpla la voluntad del Padre, pero sin sustituirlos.
Aron
Sin embargo, “Jean-Marie” no ha borrado a “Aron”. El joven Lustiger nunca renegó del sentido del nombre que recibió al nacer. Una vez bautizado, supo de inmediato que sería sacerdote, y por lo tanto, que sería fiel a esa identificación original. Porque Aron es el sacerdote verdaderamente “cardinal”, es decir el pivote (cardo en latín) en el que se articulan las dos piezas constitutivas de la identidad profunda de su heredero bautizado Jean-Marie.
Él ha sido, en efecto, como el hermano de Moisés, en primer lugar y fundamentalmente un sacerdote, es decir, un intermediario entre Dios y los hombres, en forma misteriosa sobre el modelo de la Virgen Madre. Independientemente de la calidad marial de la castidad presbiteral, que merecería meditarse, ese estado sacerdotal se despliega en dos sentidos simétricos, como pueden atestiguarlo quienes han estado cerca del cardenal Lustiger. Se podía ver en él, en primer lugar, al enviado de Dios a los hombres, el dispensador de sus gracias, muy concretamente a través de los sacramentos, y también por la palabra. Y cuando se lo conocía un poco mejor, se discernía en forma irrecusable al representante de los hombres ante Dios, al abogado que los defendía, que rezaba y pedía por ellos, no solamente en la ofrenda de los ritos y de toda su vida, sino también en el secreto de la oración.
El otro aspecto “lustigeriano” del personaje de Aron, es que, aun siendo el hermano mayor de Moisés, era su segundo, su vocero ante Faraón. Del mismo modo, Jean-Marie Lustiger tuvo siempre un comportamiento “arónico”. Hay quien dijo que era autoritario, imperioso… Pero si bien se mira, él nunca pretendió ser el único ni el primero en saber y actuar. Nunca se consideró un maestro, sino un discípulo, un adjunto o un cadete, en el mejor de los casos, un par, más que un padre: de los padres Bouyer, Daniélou, de Lubac y von Balthasar cuando era seminarista; de monseñor Maxime Charles después de su ordenación; del padre Albert Chapelle en su edad madura; del padre Decourtray en el episcopado francés y, en forma ejemplar, en el caso del Carmelo de Auschwitz; por último, y de un modo supremo, de Juan Pablo II.
Lustiger
Los nombres más personales no deben hacer olvidar la identidad familiar, más fuerte aún por el hecho de que era la misma por parte de madre y de padre: “Lustiger”. En realidad, lo que significa esta palabra puede parecer inadecuado, extraño, hasta incongruente, si nos atenemos a la etimología. En alemán, lustig se dice de alguien que muestra una exuberancia despreocupada y no siempre demasiado refinada. Según los especialistas, era la cualidad de los bufones encargados de mantener el buen humor en los regimientos de mercenarios en general germánicos del siglo XVIII, que luego derivó en la palabra francesa “loustic”. En realidad, Aron-Jean-Marie Lustiger no tenía esa característica. Por el contrario, parecía estar bajo el imperio de la tragedia. Se ha atribuido esto al hecho de haber perdido a su madre durante la Shoah y a su actitud crítica ante la “modernidad” secularizada. El temperamento impaciente y las maneras tajantes confirmaban la hipótesis de una austeridad pesimista.
Esta impresión es superficial, simplista y falsa. A mí me sorprendía, por el contrario, la alegría de vivir que emanaba del cardenal Lustiger. ¿De dónde provenía esa salud que ningún obstáculo lograba desalentar? Sin duda, de la experiencia de que la bondad de Dios es inagotable e invencible, como se manifiesta en la Creación y en la obra de la salvación. Si había algo trágico era porque, como él solía repetir, “el amor no es amado”. Pero nada puede persuadir a Dios de revocar sus dones, por horriblemente absurdos y fatalmente asesinos o suicidas que sean los rechazos. Más allá de la Cruz, está la Resurrección. Es por eso que la vida siempre vale la pena de ser vivida. Aquí tenemos la clave de las intervenciones públicas del cardenal Lustiger: siempre apuntaron a promover lo que es bueno para el hombre, reubicando los desafíos que debían enfrentar sus contemporáneos en la comprensión que otorgan la memoria y la revelación de la felicidad prometida por Dios. Esta esperanza sin ceguera constituye también la motivación de un interés sincero por las investigaciones en el terreno intelectual y en el terreno artístico, en los que la humanidad se remodela continuamente, quiéralo o no, en relación con Dios.
Saulo-Pablo
En esta perspectiva, el personaje al que más se acercaba Aron-Jean-Marie Lustiger es quizás el apóstol Pablo, aunque fuera inconscientemente, al menos por modestia. Pablo tampoco se mostraba como una persona demasiado alegre, y sin embargo había en él, sin ninguna duda algo lustig: “¡Regocíjense!”, pide sin cesar (por ejemplo: Filipenses 4, 4; 1 Tesalonicenses 1, 6). Más profundamente, encontramos en sus escritos lo que volvemos a encontrar en la enseñanza del cardenal Lustiger: un despliegue del misterio y de las maravillas de Dios, que llevan a lo que los exegetas llaman “parénesis”, respuestas a preguntas prácticas e inmediatas.
La analogía puede parecer un poco exagerada: Aron es bautizado Jean-Marie, como Saulo se vuelve Pablo (como Abram es llamado luego Abraham y Jacob es llamado Israel después de luchar con el ángel); Aron-Jean-Marie Lustiger es ciudadano francés de nacimiento como Saulo-Pablo es ciudadano romano; ambos son judíos, y lo siguen siendo una vez bautizados (no “convertidos” en el sentido propio del término: nunca se subrayará demasiado esta diferencia); la llegada de monseñor Lustiger al episcopado francés recuerda a Pablo cuando aparece entre los primeros fieles de Jesús seguros de sus convicciones. El cardenal Lustiger fue también un “apóstol de los gentiles”, a quienes sirvió durante toda su carrera como pastor. Les recordó todo lo que les debían a los judíos. Y frente a estos, retomó la imagen joánica (15, 1-8) de la vid y los sarmientos, y la comparación paulina de los injertos silvestres en el buen olivo (Romanos 11, 16-24), para hacer entender que los cristianos no son del todo goim como los demás. Por último, hizo reconocer la importancia vital, ya señalada en 1970 por el padre Bouyer en La Iglesia de Dios, de “la Iglesia de la circuncisión”, y logró que el abad de la comunidad de habla hebrea de Abu Gosh fuera obispo auxiliar de Jerusalén.
Conclusión
Cuando se refiere a sí mismo, Pablo tiene fulguraciones que esclarecen el hecho de que Aron Lustiger, judío como él, haya estado, como él, asociado a los apóstoles, y se haya transformado en Jean-Marie. El autor de la Primera Carta a los Corintios quiso ser profeta (capítulo 14), como Juan el Bautista anunció la venida de Cristo y como Juan el Evangelista describió su retorno, para edificar y consolar en forma inteligible, más que expresándose “en lenguas”. Y la dimensión marial y maternal se revela en 1 Tesalonicenses 2, 7-8: “Como una madre que alimenta y cuida a sus hijos, sentíamos por ustedes tanto amor que deseábamos entregarles, no solo el Evangelio de Dios, sino también nuestra propia vida: tan queridos llegaron a sernos”.
Esta confidencia es como la síntesis de la última homilía que pronunció el cardenal Lustiger en Notre Dame el 17 de septiembre de 2006, en ocasión de sus ochenta años. Y revela in fine la cualidad paradójicamente lustig del “cardenal profeta”: “Lejos de entristecernos en los momentos duros, debemos tener alegría. […] Nuestra alegría consiste, en primer lugar, en responder a nuestra vocación y convertirnos en profetas siguiendo a nuestros predecesores”. Evidentemente, el “nosotros” no es en este caso un plural mayestático. Es más bien la identificación última del pastor con el rebaño que le ha sido confiado.

