El relato fundacional
Tras el enigmático episodio de la zarza ardiente, Moisés recibe la misión, de Aquel cuyo nombre es «Yo seré lo que seré» (Éxodo 3,14), de presentarse ante el Faraón para exigir la liberación de los hebreos, establecidos en Egipto desde hacía varias generaciones. A continuación se producen las diez plagas —algunas de las cuales pueden interpretarse como fenómenos naturales—, una salida precipitada en plena noche marcada por el sacrificio pascual y luego, el paso por el Mar de los Juncos. El pueblo emprende entonces un largo peregrinaje por el desierto del Sinaí, al término del cual recibe los Diez Mandamientos (Éxodo 20,1-17), preludio de la entrada en la Tierra Prometida.
Entre historia y enigma
La datación del Éxodo, la duración de la permanencia en Egipto y el itinerario de la travesía por el desierto han dado lugar a una gran cantidad de hipótesis. Por muy elaboradas que sean, no conducen a certezas. Sin embargo, el texto bíblico está lleno de indicaciones precisas sobre lugares, épocas y costumbres.[1] Como si desafiara al investigador, parece sugerir que su verdad esencial no se limita a la mera verificación histórica, sino que se despliega en la experiencia que invita a revivir.
Una ética arraigada en la memoria
El Éxodo se menciona ya desde el comienzo de los Diez Mandamientos: «Yo soy el Señor tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de la casa de la esclavitud» (Éxodo 20,1). Esta introducción es decisiva: fundamenta la exigencia moral no en una abstracción, sino en un recuerdo vivido: el de un pueblo liberado.
Los mandamientos se dirigen a cada individuo («No matarás», «No robarás»), afirmando la responsabilidad personal y la dignidad irrenunciable de cada uno. Pero esta interpelación individual se inscribe en una dinámica colectiva: es en cuanto pueblo liberado como Israel recibe la Ley y es en la sociedad donde esta debe encarnarse.
Así, el recuerdo del Éxodo se convierte en un imperativo compartido. Da lugar a una atención especial hacia los más vulnerables —el extranjero, la viuda, el huérfano (Deuteronomio 24,17-22)— e instituye una ética de la responsabilidad histórica.
El Séder: una pedagogía viviente
El núcleo de la fiesta es el Séder, una comida ritual en la que se lee y se comenta colectivamente la Hagadá (literalmente, «narración») a lo largo de la velada. Relatos, explicaciones, cantos y símbolos se entrelazan en una liturgia viva, en la que la participación de los niños ocupa un lugar fundamental.
La Hagadá subraya la apropiación personal del relato: «Cada uno debe considerarse como si él mismo hubiera salido de Egipto». Esta identificación transforma el recuerdo en una experiencia interior y refuerza el sentimiento de pertenencia. Ya en el Deuteronomio, la transmisión se inscribía en un diálogo intergeneracional: «Cuando tu hijo te pregunte. . . le dirás: Éramos esclavos del faraón en Egipto. . .» (Deuteronomio 6,20-21).
Interrogar, transmitir, interpretar
La Hagadá presenta cuatro figuras infantiles —el sabio, el rebelde, el simple y el que no sabe preguntar— que ilustran otras tantas formas posibles de relacionarse con la tradición. Cada una de ellas requiere una respuesta específica: enseñanza profunda, confrontación, simplificación o iniciación.
Elie Wiesel proponía ver en ello también una lectura histórica: cuatro generaciones sucesivas, desde la fidelidad hasta el olvido, pasando por la rebelión y la ignorancia. La primera vive la tradición, la segunda se aleja de ella con rebeldía, la tercera se interroga, la cuarta se aleja hasta el punto de ni siquiera formular preguntas. Así, comentar la Hagadá se convierte en un acto esencial: mantiene viva la memoria y salvaguarda el hilo ininterrumpido de la memoria colectiva.
Un alcance universal
Como relato fundacional de la liberación, el Éxodo ha ejercido una influencia profunda y duradera mucho más allá del judaísmo: en las tradiciones cristiana y musulmana, en la literatura, las artes, la filosofía política y las luchas por la emancipación. Se ha convertido en el arquetipo universal del paso de la servidumbre a la libertad.
Conclusión
La Pascua no se reduce ni a un recuerdo ni a un ritual: es una puesta en marcha de la memoria. Al invitar a cada uno a considerarse como alguien que ha salido de Egipto, transforma un acontecimiento antiguo en una exigencia actual. La libertad no se da de una vez para siempre; se conquista, se transmite y se reflexiona en cada generación. Encontrará su formulación normativa y sus límites en la promulgación de los Diez Mandamientos.
«En cada generación, cada uno debe considerarse como si él mismo hubiera salido de Egipto.» (Hagadá de Pésaj).

