Hace sesenta años, el Concilio Vaticano II adoptó la declaración conciliar Nostra Aetate. Un texto sobre las relaciones entre la Iglesia Católica y las religiones no cristianas, que puso fin a siglos de incomprensión entre judíos y cristianos.
La declaración Nostra Aetate, adoptada por el Concilio Vaticano II el 28 de octubre de 1965, redefinió las relaciones de la Iglesia Católica con las religiones no cristianas, y en particular con el judaísmo. Este breve texto le dedica su cuarto apartado, el más largo, a «la religión judía». Rechaza toda forma de discriminación y «deplora los odios, persecuciones y manifestaciones de antisemitismo de cualquier tiempo y persona contra los judíos». Dos décadas después del Holocausto, en el seno de un pueblo profundamente herido, y tras siglos de incomprensión entre cristianos y judíos, este texto, que reconoce a ambas religiones un patrimonio común, abrió el camino al diálogo. Se dio vuelta una página de la historia.
Para Jean-Dominique Durand, historiador de las religiones y presidente de la Amitié judéo-chrétienne de France (Amistad Judeo-Cristiana de Francia), este texto cambió radicalmente la forma en que se veían unos a otros. Sin embargo, las recientes tensiones en Oriente Próximo, el atentado de Hamás del 7 de octubre de 2023 y la respuesta militar israelí pusieron en peligro seis décadas de diálogo.
Jean-Dominique Durand, Nostra Aetate es un documento que ha marcado la historia de las relaciones entre judíos y cristianos. ¿Qué había antes de esta declaración conciliar y qué página quiso pasar la Iglesia Católica al aprobar este texto durante el Concilio Vaticano II?
Antes no existía ningún documento oficial. Con un alcance teológico absolutamente inédito, por primera vez la Iglesia Católica publica un texto doctrinal sobre las religiones no cristianas. Nostra Aetate, pensada en primer lugar para el judaísmo tras diversas complicaciones y vacilaciones, se dirige a todas las religiones y les ofrece a los católicos una visión oficial de la Iglesia Católica sobre las religiones no cristianas. Es la primera vez que esto ocurre, que se dispone de un documento doctrinal sobre un tema así. Nostra Aetate marca una especie de revolución.
En este texto bastante breve, cuyo párrafo más largo está dedicado al judaísmo, ¿se puede decir que, de manera muy clara, la Iglesia Católica exime al pueblo judío de la acusación de deicidio?
Ese es precisamente el objetivo de este documento, que fue incluido en la agenda del Concilio por el propio papa Juan XXIII, tras la audiencia que le concedió al gran profesor de historia judía Jules Isaac en junio de 1960. Isaac había solicitado esta audiencia después de haberse reunido ya con el papa Pío XII en 1949.
Jules Isaac había perdido a toda su familia en Auschwitz y dedicó su vida a promover el diálogo entre judíos y cristianos, con el fin de que los cristianos adoptaran una visión diferente del judaísmo y, en particular, que abandonaran el desprecio que sentían hacia él. Comenzó escribiendo un libro fundamental, titulado “Jesús e Israel”, en el que desarrolla el vínculo que existe entre el cristianismo y el judaísmo por el hecho mismo de que Jesús es judío, que María, su madre, es judía, y que todos los apóstoles y los primeros mártires del cristianismo son judíos.
Esta fue, de hecho, la revolución que inició Jules Isaac y, a partir de ahí, quiso reunirse con el Papa para que se revisara en primer lugar la oración del Viernes Santo, que los judíos consideraban bastante ofensiva para ellos. El primer paso fue, entones, la revisión de esta oración, que se llevó a cabo en dos etapas: primero por Pío XII en 1955 y luego por Juan XXIII en 1959, tras el anuncio del Concilio. Jules Isaac logró convencer a Juan XXIII de que el Concilio era sin duda una oportunidad para revisar las relaciones entre judíos y cristianos, y en particular para eliminar la acusación de deicidio.
El documento rechaza cualquier forma de persecución y deplora el antisemitismo. ¿Era esto necesario para establecer o restablecer el diálogo y poder empezar a caminar juntos?
Se trata precisamente de caminar juntos y subrayar el vínculo. El vínculo: la palabra se pronuncia en Nostra Aetate y es una palabra que Juan Pablo II y sus sucesores han repetido constantemente. Esta palabra tan poderosa une al cristianismo con el judaísmo, ya que no se puede comprender nada de la religión cristiana si no se empieza por estudiar un poco el judaísmo y, en particular, el Primer Testamento.
¿Pero no es el cristianismo una rama del olivo del judaísmo?
Es lo que nos dice san Pablo en la Epístola a los Romanos, que habla del olivo cultivado en el que está injertado el cristianismo, de las raíces del olivo.
Por lo tanto, es reconocer que los judíos fueron los primeros en recibir la Palabra de Dios...
En el plano teológico de las relaciones entre el cristianismo y el judaísmo, Juan Pablo II, a partir de Nostra Aetate, siguió profundizando en la reflexión hasta reconocer que la primera alianza nunca se rompió y que la teología de la sustitución ya no tiene razón de ser.
La teología de la sustitución consistía en afirmar que el cristianismo había sustituido al judaísmo. No: el cristianismo vino después del judaísmo para profundizarlo, pero no para sustituirlo, y esto es absolutamente fundamental.
Es cierto que esto no se dice en Nostra Aetate, pero la declaración permitió que posteriormente la Santa Sede y Pablo VI crearan, entre otras cosas, la Comisión para las Relaciones Religiosas con el Judaísmo. Se han elaborado muchos documentos tanto por parte del Vaticano como de las Iglesias locales. Por lo tanto, se llevó a cabo una gran profundización de Nostra Aetate. Pero nada de esto habría sido posible sin aquel texto.
La visita de Juan Pablo II a la Gran Sinagoga de Roma (13 de abril de 1986) fue a la vez el viaje más largo y el más corto de todos los que realizó: el más largo, porque se necesitaron 2000 años para realizarlo, y el más corto, porque solo hubo que recorrer unos dos kilómetros para ir del Vaticano a la Gran Sinagoga de Roma. Esta visita no habría sido posible sin Nostra Aetate.
Este texto sigue siendo hoy de gran actualidad. En el contexto de tensiones que vivimos en Oriente Próximo, es inevitable hacer una comparación. ¿En qué puede ser útil hoy el texto de Nostra Aetate para intentar apaciguar las tensiones, para intentar hacer comprender que «la fraternidad universal excluye toda discriminación», por citar el título del último párrafo del texto?
Es una cuestión absolutamente fundamental. Se trata de la recepción de Nostra Aetate y de las consecuencias que debemos extraer de ella para la vida cotidiana. Porque hoy en día, veo que, lamentablemente, se está volviendo a los viejos prejuicios, incluso en los círculos cristianos, en las parroquias, a veces incluso entre los religiosos y los sacerdotes. Muchos prejuicios antijudíos están volviendo con fuerza.
Un historiador judío, Georges Bensoussan, que trabaja intensamente por el acercamiento entre judíos y cristianos, ha observado que, si bien ya no se habla de deicidio, se ha sustituido el deicidio por genocidio, lo cual es muy grave. Por lo tanto, actualmente nos encontramos ante una crisis en las relaciones judeo-cristianas a raíz del drama que se ha producido en Oriente Próximo, primero en Israel, con el terrible pogromo perpetrado por los terroristas de Hamás en territorio israelí, y la guerra que siguió, con la oleada de emociones que se produjo en todo el mundo. A veces se tiende a olvidar un poco el punto de partida de esta guerra provocada por Hamás.
Además, hay una tendencia a ver resurgir viejos tópicos también contra los musulmanes. Sin embargo, Nostra Aetate también nos invita a mirar al islam y a las demás religiones. Más que nunca, debemos estudiar Nostra Aetate. Hay que volver a este documento conciliar. Hay que leer y releer Nostra Aetate y hacerla leer y analizar en las parroquias. Los textos pueden ser magníficos, pero no sirven de nada si no se reciben e integran en las mentes. Y hoy, lamentablemente, 60 años después, me temo que nos hemos olvidado un poco de Nostra Aetate. Hay que volver a lo fundamental. Insisto en ello, por nuestras relaciones con el islam en Europa. Es evidentemente esencial.

