Esta publicación de la Archidiócesis de Montreal, elaborada en colaboración con el Diálogo Cristiano-Judío de Montreal, ofrece una reflexión accesible y actual sobre el Decálogo como camino hacia la libertad, la dignidad humana y la convivencia. Reúne las contribuciones de:
- Mons. Christian Lépine, arzobispo de Montreal
- David Bensoussan, profesor de ciencias en la Universidad de Quebec y presidente del Diálogo Cristiano-Judío de Montreal
- Jean Duhaime, profesor emérito de interpretación bíblica y expresidente del Diálogo
- Martina McLean, directora de la Oficina de Servicios Pastorales en Lengua Inglesa y representante diocesana en el Diálogo
- El rabino Michael Whitman
Más que una serie de normas, el Decálogo se presenta aquí como un auténtico llamado a vivir en la verdad, el respeto, la solidaridad y el amor al prójimo.
Esta publicación forma parte de una voluntad de fomentar el diálogo, el encuentro y la reflexión conjunta en torno a un legado espiritual compartido por las tradiciones judía y cristiana.
LOS DIEZ MANDAMIENTOS DE DIOS: UN CAMINO DE VIDA
INTRODUCCIÓN PASTORAL DE MONSEÑOR CHRISTIAN LÉPINE, ARZOBISPO DE MONTREAL
Queridos hermanos y hermanas:
En lo más profundo de nuestras vidas hay un hondo anhelo de encontrar puntos de referencia que iluminen nuestro camino. Tanto en los momentos de alegría como en las dificultades, buscamos aquello que pueda guiarnos, sostenernos y dar un sentido perdurable a nuestra existencia. Los Diez Mandamientos de Dios forman parte de esa búsqueda: nos son dados como un camino de vida.
En el marco del Diálogo Cristiano-Judío de Montreal, que tengo el placer de apoyar junto a su presidente, el Sr. David Bensoussan, y a su presidente emérito, el Sr. Jean Duhaime, esta reflexión adquiere una dimensión especial. El Decálogo, patrimonio espiritual compartido, es un auténtico llamamiento a la humanidad. Más allá de nuestras diferencias de opinión, de creencias o de culturas, nos recuerda que compartimos una misma dignidad.
Nos invita a reconocer el valor de toda persona, tanto el nuestro como el del otro. Palabras de vida, los mandamientos se basan en una verdad esencial: el ser humano está hecho para ser amado y para amar —amar a Dios y amar al prójimo.
Lejos de imponerse como normas externas, expresan lo que somos y a lo que estamos llamados. Nos indican un camino interior, revelando nuestra vocación profunda y ayudándonos a vivir con integridad.
Estos mandamientos son una revelación del amor de Dios por la humanidad. En ese amor, Dios nos ayuda a descubrir nuestra identidad y nos invita a vivir de una manera fiel a lo que somos.
Entendidos de este modo, los mandamientos se convierten en una regla de vida esencial: no una imposición, sino una realidad interior que redescubrir cada día. Nos ayudan a crecer en la unidad de nuestra vida y a avanzar por un camino de verdad, respeto y amor.
Con este espíritu, les ofrecemos, en las páginas siguientes, una serie de testimonios. En ellos, cuatro invitados comparten, cada uno a su manera, lo que los conmueve especialmente en el Decálogo. Sus reflexiones ofrecen una mirada viva y concreta sobre esas palabras antiguas, siempre actuales y portadoras de futuro.
Lo autores de esta reflexión son miembros del Diálogo Cristiano-Judío de Montreal, una organización fundada en 1971 por iniciativa del arzobispo Paul Grégoire y del rabino Alan Langner, entonces presidente del Consejo de Rabinos de Montreal.
Son: Martina McLean, representante católica de la archidiócesis de Montreal; David Bensoussan, de tradición judía, profesor de ciencias en la Universidad de Quebec; y Jean Duhaime, profesor emérito de interpretación bíblica en la Universidad de Montreal, donde impartió clases desde 1976 hasta 2013. También tenemos el placer de compartir la reflexión del rabino Michael Whitman.
Esperamos que estos testimonios alimenten nuestra reflexión y reaviven en nosotros el deseo de redescubrir los Diez Mandamientos de Dios como un auténtico camino de vida.
† Christian Lépine
Arzobispo de Montreal
UNA LECTURA VIVA DEL DECÁLOGO
En un contexto en el que los valores morales parecen a veces relativizarse, el Decálogo sigue suscitando, en mi opinión, la reflexión y el diálogo. Ofrece una lectura a la vez estructurada y profundamente actual.
Ante todo, me impresiona su coherencia interna. El Decálogo no se limita a una simple serie de prohibiciones: se organiza en dos grandes partes complementarias. Los cinco primeros mandamientos se refieren a la relación entre el ser humano y el Creador, mientras que los cinco últimos regulan las relaciones humanas. Esta división revela una visión global de la existencia, en la que lo espiritual y lo social están íntimamente ligados. Valoro especialmente la progresión de los mandamientos que se refieren a las relaciones humanas. Estos comienzan con la prohibición de codiciar —una norma que atañe a la interioridad— y luego se extienden hacia actos externos: el falso testimonio, el robo, el adulterio y, por último, el asesinato. Esta gradación muestra que los comportamientos más graves suelen tener su origen en deseos incontrolados. A mi juicio, esta lógica convierte al Decálogo en un auténtico fundamento de la moral universal, basado en el respeto a los otros.
Los primeros mandamientos, por su parte, introducen una dimensión de trascendencia. Invitan a reconocer una realidad que trasciende al individuo: la fidelidad a Dios, el respeto a su nombre, la santificación del tiempo y el honor a los padres. No los percibo únicamente como prescripciones religiosas, sino como elementos que estructuran una visión de la dignidad humana. Si la vida merece respeto, es porque encierra una dimensión superior.
Esta idea encuentra eco en el Libro de los Proverbios (20, 27), donde se describe el alma humana como una «chispa divina». Las relaciones humanas no se basan entonces únicamente en normas sociales, sino en una comprensión más profunda de lo que es el ser humano.
El Decálogo también introduce otros grandes principios bíblicos, como el llamado a amar al prójimo o a volverse hacia Dios con todo el corazón. Por lo tanto, no es un texto estático, sino un punto de partida hacia una ética más amplia, que abarca la relación con uno mismo, con los demás y con lo trascendente.
Concretamente, estos mandamientos guían nuestras decisiones cotidianas. Nos recuerdan que la vida se compone de decisiones, a veces sencillas, otras más comprometidas, en las que siempre juega el libre albedrío. Nos invitan a reconocer la dignidad de cada persona, lo que implica actuar con honestidad y respeto en nuestros actos, en nuestras palabras e incluso en nuestras intenciones.
Si imagináramos un mundo en el que estos principios se aplicaran plenamente, se abriría el camino hacia más justicia, compasión y responsabilidad. Estos principios ofrecen un marco que permite conciliar la libertad con la exigencia moral: somos libres, pero esa libertad siempre va acompañada de una responsabilidad hacia los demás.
En definitiva, el Decálogo me parece mucho más que un conjunto de mandamientos. Propone una auténtica forma de vivir en el mundo, articulando la vida interior, la responsabilidad social y la elevación espiritual. Los valores que emanan de él, arraigados en el recuerdo del Éxodo y la revelación del Sinaí, siguen iluminando la reflexión moral contemporánea y alimentando la convivencia.
Estos textos antiguos conservan así, a mi juicio, una relevancia sorprendentemente actual: invitan a cada uno a reflexionar sobre sus actos, sus intenciones y el sentido que le da a su vida.
David Bensoussan
Profesor de ciencias, Universidad de Quebec
Presidente del Diálogo Cristiano-Judío de Montreal
EL DECÁLOGO: UNA CARTA DE LIBERTAD QUE SIGUE SIENDO ACTUAL
El Decálogo —o los Diez Mandamientos— suele percibirse como una lista de prohibiciones. Yo veo en él una profundidad muy diferente: un llamado a vivir libremente y a preservar esa libertad a lo largo del tiempo.
Para entenderlo bien, es esencial volver a su contexto original. Los mandamientos fueron otorgados justo después de la liberación del pueblo hebreo de la esclavitud en Egipto. Este punto es fundamental. Dios no empieza por imponer normas: primero se presenta como liberador: «Yo soy el Señor, tu Dios, que te he sacado de la tierra de Egipto, del lugar de esclavitud» (Éxodo 20, 2). Los mandamientos se presentan así como un camino que se nos propone para seguir siendo libres.
En mi opinión, no se trata de restricciones, sino de una guía para evitar recaer en alguna forma de esclavitud. Los primeros mandamientos, en particular, nos invitan a rechazar los ídolos. Hoy, los ídolos adoptan diversas formas: todo aquello que acapara nuestras energías, influye en nuestras decisiones y nos aleja de lo que realmente nos conviene. Del mismo modo, no usar el nombre de Dios indebidamente significa no encerrar a Dios en nuestras propias ideas ni instrumentalizarlo en nuestro propio beneficio.
Los mandamientos que se refieren a las relaciones humanas se inscriben en esta misma lógica. Desde el respeto a los padres hasta la prohibición de la violencia, la mentira o la codicia, su objetivo es garantizar una vida en sociedad en la que cada uno pueda vivir libremente. Estas pautas, aparentemente sencillas, constituyen los fundamentos esenciales de la convivencia. Incluso se pueden considerar como una de las primeras formas de una carta de derechos y libertades.
Estos mandamientos abren un espacio de responsabilidad. Están formulados de manera negativa —«No robarás», «No matarás»—, pero en realidad exigen una actitud profundamente positiva. No robar, por ejemplo, no consiste solo en abstenerse de tomar lo ajeno, sino también en preocuparse por las necesidades de los demás. Si alguien tiene hambre y yo puedo ayudarlo, entonces estoy llamado a hacerlo. El Decálogo invita así a la solidaridad y al compromiso.
En la actualidad, estos mandamientos siguen siendo totalmente pertinentes. Pueden servirnos de puntos de referencia concretos para orientar nuestras decisiones. Ante los múltiples «ídolos» modernos —el éxito, el poder, la imagen, el rendimiento—, nos ayudan a discernir qué es lo que realmente conduce a la libertad.
En el centro de todo este conjunto se encuentra, en definitiva, una convicción fundamental: la de la dignidad humana. El «prójimo» no designa únicamente a quien está cerca de nosotros, sino a todo ser humano, creado a imagen de Dios. Cada persona lleva en su interior un rastro divino. Esta visión fundamenta una exigencia de respeto sin distinción ni discriminación.
De modo que el Decálogo, lejos de ser un texto del pasado, me parece una palabra que sigue siendo actual. No limita la libertad: establece sus condiciones. No cierra posibilidades: abre un camino para vivir plenamente, junto a los demás, con respeto y dignidad.
Jean Duhaime
Profesor emérito de interpretación bíblica, Universidad de Montreal
Presidente emérito del Diálogo Cristiano-Judío de Montreal
DE LOS PRINCIPIOS A LA ACCIÓN CONCRETA: REDESCUBRIR EL DECÁLOGO
Para muchos de nosotros, los Diez Mandamientos pueden parecer, a primera vista, una mera serie de normas. Sin embargo, al reflexionar sobre ellos, se revelan como algo mucho más profundo: principios universales arraigados en una tradición viva de reflexión moral y revelación divina. En el libro del Éxodo, Dios le habla a Moisés, y esas palabras, sencillas, directas y poderosas, constituyen un fundamento perdurable para la vida humana.
En el corazón de estas enseñanzas se encuentra una brújula moral, un marco claro para organizar la vida en sociedad. Preceptos como «No matarás» o «No darás falso testimonio contra tu prójimo» no son meras prohibiciones: protegen la vida, la verdad y la confianza. Sin ellos, el tejido de las relaciones humanas comienza a deshacerse.
El Decálogo se articula en torno a dos dimensiones esenciales: nuestra relación con Dios y nuestra relación con los demás, como vecinos, ciudadanos y miembros de una humanidad común. Juntas, conforman una visión coherente de la vida, basada en el respeto, la justicia y la responsabilidad.
Estas enseñanzas indican lo que es necesario para el bien común: el respeto por la vida, la honestidad, la fidelidad y el control de los deseos destructivos, como los celos. Nos recuerdan que nuestras acciones no solo nos afectan a nosotros mismos, sino también a toda la comunidad, y que contribuyen a construir la confianza y a favorecer la convivencia.
Para los cristianos, los mandamientos no son obligaciones morales aisladas. Se cumplen y se profundizan en la vida y las enseñanzas de Jesucristo. Cuando Él nos llama a amar al prójimo como a nosotros mismos, da vida a estos principios. En el Sermón de la Montaña, y especialmente en las Bienaventuranzas, los vemos plasmados en la humildad, la misericordia, la compasión, la búsqueda de la justicia y el llamado a ser artífices de la paz.
Todo esto nos invita a pasar del principio a la acción. Más allá de lo que nos piden evitar, nos llaman a examinar nuestros corazones y nuestras intenciones. Por ejemplo: «No matarás» se convierte en una reflexión sobre nuestra forma de reaccionar en momentos de tensión. ¿Elegimos la ira que hiere o la paciencia que construye? «No darás testimonio falso contra tu prójimo» nos invita a reflexionar sobre el impacto de nuestras palabras en la dignidad de los demás.
Se establece un intercambio constante entre lo que se nos da y la forma en que lo vivimos. Estas enseñanzas nos invitan a un examen permanente de nosotros mismos y conducen a una transformación interior que moldea tanto el carácter como la conducta. De este modo, convierten nuestras vidas en un testimonio capaz de inspirar a los demás.
En un momento en el que muchos se sienten desorientados, volver a estos principios fundamentales es más importante que nunca. Han dado forma a los grandes marcos éticos a lo largo de la historia y, sin ellos, corremos el riesgo de perder los cimientos que nos permiten convivir en armonía.
En definitiva, nos remiten a lo esencial: amar a Dios, amar a los demás y dejarnos transformar por ese amor. Guiados por la fe, inspirados por el Espíritu Santo y siguiendo el ejemplo de Cristo, se nos invita no solo a comprender estos mandamientos, sino también a vivirlos.
Martina McLean
Directora de la Oficina de Servicios Pastorales en Inglés y adjunta al vicario episcopal para los fieles de habla inglesa
10 (?) MANDAMIENTOS
Cuando Dios habla en el monte Sinaí, según el relato bíblico, y se presenta ante el pueblo judío y ante toda la humanidad por primera vez y para siempre, ¿por qué se designa a sí mismo como Aquel que sacó al pueblo judío de Egipto (Éxodo 20, 2) y no como Aquel que creó el cielo y la tierra? Este último sería, sin embargo, un título mucho más majestuoso y apropiado.
Designamos a este pasaje como los Diez Mandamientos, una de las recopilaciones de palabras más influyentes de la historia de la humanidad, palabras que revisten un significado especial para todas las tradiciones religiosas. Pero ¿contiene realmente este pasaje diez mandamientos?
En ninguna parte del texto bíblico se lo designa así (esa expresión solo aparece más tarde), aunque la Torá se refiere a él con el nombre de Aseret HaDevarim (las Diez Palabras). La respuesta depende de cómo se interprete la primera afirmación, «Yo soy el Señor tu Dios…»: ¿se trata de un mandamiento de creer en Dios, como dice Najmánides, o de una introducción a los siguientes nueve mandamientos, como dice Maimónides?
Entendida como una introducción, esta afirmación explica por qué debemos obedecer los mandamientos que siguen. Y la respuesta de Dios no es que Él creó el cielo y la tierra y, por lo tanto, es todopoderoso, lo que haría que sus mandamientos fueran obligatorios para nosotros, incluso si creemos todo eso.
El llamado de Dios se basa sobre todo en el bien que nos aportan los mandamientos. En este relato, Dios nos dice: Te he sacado de la esclavitud, te he salvado del mal, me preocupo por ti, te amo más de lo que jamás podrás imaginar; cada mandamiento que te doy es una prolongación de ese amor y de ese cuidado, para que tu vida sea mejor, más llena de sentido y más santa.
A veces nos ocurre que vivimos los mandamientos como una carga, una obligación. Pero esta palabra fundacional nos enseña que, en realidad, son un regalo, una oportunidad. El desafío consiste en reconocer ese regalo en nuestra vida cotidiana, incluso cuando estamos distraídos, agotados y tironeados en todas direcciones.
Hay muchos mandamientos bíblicos que compartimos y muchos que son propios de cada una de nuestras tradiciones. Te invitamos a reflexionar: ¿vives un mandamiento principalmente como un acto que glorifica a Dios, o principalmente como un acto que enriquece tu vida? Y, en este último caso, ¿cómo preservar ese sentimiento cuando el mandamiento te parece una carga o desprovisto de sentido?
Rabino Michael Whitman

