La fecha: el documento fue aprobado por el Papa el 22 de junio de 2026 y se publicó el 16 de septiembre de 2026. Los sesenta años de Nostra Aetate se cumplieron en octubre de 2025, por lo que, respecto de una costumbre anterior, existe cierto retraso en la publicación del documento, que quizá se explique por el comienzo del nuevo pontificado.
Las firmas conjuntas de tres dicasterios también constituyen una novedad respecto de una serie de documentos anteriores relativos al diálogo judeo-cristiano, que eran elaborados únicamente por el dicasterio —el de la unidad de los cristianos— que se ocupaba de los judíos. En realidad, Nostra Aetate, aunque es más conocida por su punto 4, que habla de los judíos, es un documento dedicado también a las demás religiones: por lo tanto, existe cierta lógica en retomar un discurso más amplio, aunque podría pensarse también en una relativización y un redimensionamiento de la relación con el judaísmo.
Los puntos significativos de la nota son: el énfasis en la especificidad y la singularidad del diálogo con los judíos; la referencia a numerosas declaraciones significativas de papas y de documentos que hablan del patrimonio espiritual común, que le proporciona al diálogo un fundamento «teológico y no simplemente una expresión de nuestro deseo de respeto y estima recíprocos»; el carácter judío de Jesús («para siempre»); la Alianza irrevocable de los judíos con Dios; la importancia que tiene para los cristianos la religiosidad de los judíos actuales; el «no poder prescindir unos de otros»; y la lucha contra el antisemitismo.
La nota no oculta las dificultades del diálogo judeo-cristiano en los últimos años a raíz del 7 de octubre de 2023 (que no se menciona): «Muchos puentes de comunicación se han tambaleado y siguen siendo puestos a prueba por las diferentes interpretaciones de los acontecimientos sucedidos, a menudo no unívocas incluso dentro de las respectivas comunidades religiosas». «Sin embargo —prosigue la nota—, los pilares del diálogo entre creyentes, erigidos a lo largo de sesenta años de trabajo conjunto, se han mantenido firmes. Sobre ellos es posible y necesario seguir construyendo, inspirándonos una vez más en las recomendaciones de los Padres conciliares de crecer en el conocimiento y el aprecio mutuos por medio “sobre todo de los estudios bíblicos y teológicos y de los diálogos fraternos”».
A partir de esta afirmación de buena voluntad, y también de sus límites, podemos analizar algunos aspectos problemáticos de la nota. Desde el punto de vista teológico, la nota precisa con mucha claridad que, con todo el respeto hacia el judaísmo, «Esto no significa para los cristianos que existan dos caminos de salvación ni que la Alianza con el pueblo judío sea paralela al camino de salvación cristiano: la Iglesia enseña que Cristo es el único redentor». Este es un antiguo tema de discusión interna del cristianismo y relacionado con el diálogo, que podría haberse resuelto teológicamente de otra manera. Hay que reconocer la firmeza de esta posición y, a la luz de ella, precisar que en otro tiempo la idea de la única salvación significaba que no había alternativa a la conversión de los judíos, que era buscada activamente; de lo contrario, no se salvarían. En tiempos más recientes se ha llegado a decir —expreso este concepto en términos muy simplificados— que, gracias a Jesús, los judíos también se salvan aunque no crean en él y no sean conscientes de ello. Una posición tolerable en la medida en que no se transforme, como sucedía en el pasado, en una presión proselitista que haría fracasar por completo los buenos propósitos de diálogo. Una presión que, al menos en los actos oficiales, no parece existir, pero que, a juzgar por algunos indicios, tampoco parece haberse extinguido del todo.
El énfasis puesto en «los estudios bíblicos y teológicos» como horizonte concreto del diálogo oculta algo más: la dificultad de afrontar la complejidad de la realidad judía, que en la nota aparece como fe, identidad religiosa y transmisión de la Palabra divina. Pero los judíos son también nación e historia (no solamente historia de persecuciones), y en su identidad existe una relación tormentosa, pero siempre presente, con una tierra, que nunca se menciona en la nota. Una tierra en la que hoy vive la mitad del pueblo judío. Y, además, la realidad judía tiene un nombre antiguo, Israel (que aún no significa Estado de Israel), y resulta llamativo que en este documento, salvo una única mención a los «israelitas», ese nombre no aparezca nunca. Vienen a la mente las palabras del Salmo 83, 5: «no se recuerde más el nombre de Israel». Casi hay nostalgia de aquellos tiempos en que la Iglesia hacía un uso polémico y sustitutivo del término (Verus Israel o Novus Israel), pero al menos lo mencionaba. ¿A qué se debe esta reticencia? Curiosamente, en contraste, se dice que «Jesús era plenamente un hombre de su tiempo y de su ambiente judío palestino del siglo primero». Es una cita de un documento de 1985, pero hoy un Jesús palestino suena extraño.
Sin duda, si profesores de Sagradas Escrituras de distintas procedencias debaten juntos sobre un texto complejo, eso es diálogo; del mismo modo que lo es la redacción de documentos doctrinales y su comentario. Pero lo que falta es otro diálogo, más importante: el que involucra a la gente, a los distintos «rebaños», más o menos fieles, con sus «pastores», más o menos capaces. Si falta la voluntad de comprender la identidad del otro, con sus problemas y sus dificultades, como ocurre en estos años, y como parece demostrar esta nota, el deseado «camino de esperanza» tarda en ponerse en marcha.

