Legicidio y el problema del Antiguo Testamento cristiano: hacia una nueva hermenéutica de los escritos apostólicos
Lloyd Gaston
El Antiguo Testamento de la Iglesia cristiana ha sido diferente de las Sagradas
Escrituras del judaísmo casi desde el principio. La teología de la Iglesia cristiana ha
sido hostil al judaísmo casi desde el principio. Creo que estas dos afirmaciones están
íntimamente relacionadas. No es mi tarea repasar aquí la larga historia del antijudaísmo
cristiano. Es la conciencia de ese fenómeno y el deseo de hacer algo al respecto lo que nos
ha reunido, en primer lugar. Estamos buscando las causas fundamentales, y yo creo que una de
ellas es el problema del Antiguo Testamento cristiano. No sólo fue privada la Iglesia por
su Antiguo Testamento de las verdaderas riquezas de las Sagradas Escrituras, sino que
permitió también que ese Antiguo Testamento distorsionara la comprensión de sus propios
escritos apostólicos.
El hecho de que el texto y el canon del Antiguo Testamento coincida con la Biblia Hebrea
sólo para una parte de las Iglesias cristianas, no es importante para esta discusión.
Indudablemente, hay diferencia si el texto básico es la Septuaginta o la Vulgata, antes que
el texto masorético. También hay diferencia si el canon incluye otros textos, los que se
conocen como Apócrifos y otros, además de la Torah, Profetas y Escritos. Pero para nuestro
propósito, es el mismo nombre "Antiguo Testamento" lo que resulta problemático,
junto con la necesidad de tener que relacionar la autoridad y el significado de ese Antiguo
Testamento con otra cosa que se llama Nuevo Testamento.
Para nuestra discusión, quizá pueda definirse como antijudaísmo todo intento de
negarle al judaísmo características centrales de su propia autocomprensión. Esto
incluiría por lo menos: 1) la unicidad de Dios, 2) la elección de Israel en el Sinaí, y
3) la Torah como principio de la relación entre Dios e Israel, aunque esto pueda definirse
en forma halákhica. Estuve tentado de agregar un cuarto punto, la relación entre Dios,
Israel y la tierra, pero esto último podría ser incluido en el segundo, y además haría
aún más compleja mi ya imposible tarea.[1] Algo del primer punto puede estar reflejado en
el cuarto evangelio, pero no creo que realmente sea un tema central.[2] Los otros dos,
elección y Torah, aparecen en las preguntas de Pablo: "¿Es que ha rechazado Dios a su
pueblo?" (Romanos 11,1) y "Entonces, ¿por la fe privamos a la ley de su
valor?" (Rm 3,31). Pablo responde ambas preguntas con un indignado "No", pero
los evangelios sinópticos y el libro de los Hechos, al menos en su forma final, dicen que
sí, Dios ha rechazado a Israel, iniciando de ese modo la fatídica teoría de la
sustitución, que afirma que la Iglesia reemplazó a Israel en el designio de Dios. El
antijudaísmo cristiano es producto del cristianismo primitivo gentil y su necesidad de
legitimar su propia relación con Dios excluyendo a la ley. Todo esto se consolida y
exacerba en las luchas posteriores sobre las Escrituras, cuando la autocomprensión de la
Iglesia excluyendo a la ley la lleva a negarle la Torah también a Israel y expropiar las
Escrituras de Israel para su propio uso exclusivo bajo el nombre de "Antiguo
Testamento". Si tuviera que proponer una tesis sería ésta: desde una época muy
temprana, la Iglesia fue culpable de legicidio, hecho que hizo imposible poder compartir una
Escritura común, e inevitable el antijudaísmo.[3] Me gustaría presentar no sólo un
esquema muy somero del problema, sino, a la luz de la urgencia de la presente situación,
hacer también, al final, algunas sugerencias sobre lo que se puede hacer al respecto.
I
La Iglesia primitiva gentil se enfrentó a un problema que tuvo que ser explícitamente
tratado a mediados del siglo II.[4] Trifón lo dice así en el comienzo de su diálogo con
Justino: "Pero esto es lo que nos resulta más difícil de entender: que vosotros, que
aseguráis ser piadosos y os suponéis mejores que otros... esperéis obtener cosas buenas
de Dios, sin obedecer sus mandamientos... Vosotros, al despreciar imprudentemente esta
alianza (circuncisión), rechazáis sus consiguientes deberes, e intentáis persuadiros de
que conocéis a Dios, cuando en realidad no realizáis ninguna de las cosas que hacen
quienes temen a Dios".[5] Un poco más tarde, oímos un alegato similar en boca del
filósofo Celso: "Cuando el Padre envió a Jesús, ¿olvidó los mandamientos que le
había dado a Moisés? ¿O condenó sus propias leyes y cambió de parecer, y envió a su
mensajero con un propósito completamente opuesto?"[6] Es probable también que el
Diálogo de Justino esté dirigido a un filósofo pagano, Marco Pompeyo, y no a los
judíos.[7] La pregunta puede ser una verdadera pregunta judía, pero la respuesta está
dirigida al mundo gentil y a la Iglesia. Es decir, a pesar de su formato, Justino no está
tratando de refutar verdaderas objeciones judías, sino que su Diálogo seguramente refleja
sus argumentos perdidos contra Marción, y pretende defender la respetabilidad del
cristianismo, no contra el judaísmo como tal, sino a los ojos de un tercero potencialmente
interesado. En el mundo grecorromano, el judaísmo florecía, era conocido y respetado, y
fue en contraste con el mundo pagano como los apologistas cristianos debieron sostener la
causa de su relación con Israel y su respetable antigüedad. En el orden interno, la
Iglesia tenía que luchar contra el fenómeno cada vez más extendido de los cristianos
gentiles judaizantes, mientras intentaba conservar la Septuaginta como Escritura, sin seguir
la mayoría de sus mandamientos. En ambos casos, tanto ante sí mismos como ante su
potencial audiencia, la Iglesia procuraba afirmar su propia legitimidad como un movimiento
con un Evangelio y sin la Torah, pero reivindicando de todos modos un cumplimiento de los
designios divinos originales. Contrariamente a lo que puede suponerse por el Diálogo de
Justino, el antijudaísmo cristiano no surgió de un debate con los judíos sobre la
interpretación cristológica del Antiguo Testamento. Tampoco surgió porque los cristianos
se fijaran en el judaísmo real y descubrieran en él alguna carencia.
El antijudaísmo cristiano tuvo su primera afirmación dogmática fundacional al intentar
resolver problemas internos cristianos concernientes a la relación entre el evangelio
cristiano y las Escrituras cristianas.
D. Efroymson[8] hizo el importantísimo descubrimiento de que Tertuliano es mucho más
antijudío en sus últimos escritos masivos contra Marción que en su anterior Adversus
Judaios. Este es un factor que exige una explicación. Marción surgió, por decirlo
así, de la bastante atinada observación de que los cristianos no seguían la Torah y que
las Escrituras de Israel en realidad no se refieren a Jesús. Así llegó a la conclusión
de que había dos Dioses, un creador justo que hizo una alianza con Israel y un
anteriormente desconocido Dios bueno que se reveló por primera vez en Jesús. Espero que no
sea demasiado anacrónico sugerir que esto podría traducirse en términos modernos como el
reconocimiento de dos religiones separadas, cada una con su propia legitimidad. Sin duda,
Marción pensaba que la religión cristiana era muy superior a la judía, pero se dejaba sin
embargo al judaísmo con su Dios, su ley, sus Escrituras, su Mesías y su antiguo nombre.[9]
Quizá pueda decirse que si la posición de Marción hubiera triunfado, no se habría
arraigado tanto en la tradición cristiana esa enseñanza del desprecio cuyas consecuencias
últimas se manifestaron en el Holocausto. Pero es preciso agregar también que la Iglesia
cristiana no habría sobrevivido en ninguna forma remotamente reconocible. Porque Marción,
que produjo la primera versión de lo que se convertiría en el canon del Nuevo Testamento
cristiano, sólo podía excluir la Septuaginta a costa de una mutilación de los escritos
apostólicos. Su evangelio era el de Lucas y su apóstol, diez cartas de Pablo, pero en
ambos casos con el texto "corregido", como él lo dijo, eliminando todas las
referencias positivas a las Escrituras. Marción escribió también un libro del que sólo
sobrevivieron algunos fragmentos, Antítesis, [10] donde las afirmaciones sobre el
antiguo Dios creador aparecen en contraste con las del nuevo Dios redentor. Aunque sus
propuestas referentes a las Escrituras cristianas fueron, en última instancia, rechazadas,
su concepto de antítesis permaneció como principio hermenéutico clave para la
interpretación de los escritos apostólicos.
Motivos antijudíos al servicio del intento de autocomprensión de la Iglesia existieron
ciertamente antes del tiempo de Marción, pero quedaron institucionalizados como parte de la
doctrina cristiana, por decirlo así, cuando se intentó salvar las Escrituras judías para
la Iglesia cristiana. Así, no es en realidad a Trifón, sino a Marción a quien dice
Justino que algunas palabras "están contenidas en vuestras Escrituras, o más bien, no
en las vuestras sino en las nuestras"[11] y que "El verdadero Israel espiritual, y
los descendientes de Judá, Jacob, Isaac y Abraham... somos nosotros".[12] Si algunos
aspectos de los mandamientos no son del agrado de la Iglesia, la culpa no está en Dios,
como pensaba Marción, sino en ese pueblo terriblemente perverso y obstinado, cuya
propensión a la idolatría carnal debe ser refrenada, como decía Tertuliano. La Iglesia
preservó al Dios de Israel, al precio de hacerlo antijudío. Justino e Ireneo hacen un
amplio uso del concepto de promesa y cumplimiento, no en el sentido de entender el
cumplimiento a la luz de la Escritura, sino para justificar el hecho de conservar la
Escritura en la Iglesia porque preanuncia las realidades cristianas. Los profetas,
considerados como protocristianos, predijeron, por un lado, acontecimientos de la vida de
Jesús y la Iglesia, y por el otro, la obcecación y el rechazo de los judíos. El principio
hermenéutico parece haber sido que los oráculos de promesa se aplicaban a los cristianos y
los oráculos de juzgamiento, a los judíos. Jesús debía ser mostrado como concordando con
el Dios de Israel contra Marción, y el cumplimiento de las promesas de juzgamiento es lo
que más enfatiza Tertuliano en la tediosa lectura de Lucas que hace en el Libro IV de su Adversus
Marcionem. Allí, también Jesús, al igual que Dios, tiene que volverse aún más
antijudío para poder preservar la unidad de los testamentos. Con respecto a Pablo,
Tertuliano está de acuerdo con Marción cuando dice "nosotros también sostenemos que
la principal epístola contra el judaísmo es la que dirige a los Gálatas";[13] sólo
discrepa al decir que eso está de acuerdo con la intención del Dios de la Biblia desde el
principio. De este modo, el Antiguo Testamento cristiano fue preservado para la Iglesia al
precio de robarle a Israel sus Escrituras, su Dios, su nombre y su elección, y el principio
de antítesis fue inscripto en las afirmaciones cristianas centrales. Volvemos una vez más
al problema de la ley.
Un interesante documento cristiano primitivo, la carta de Ptolomeo a Flora,[14] trata
extensamente la comprensión cristiana de la ley, sin la menor señal de que a los judíos
también podría interesarles. Usando distinciones que dice encontrar en las enseñanzas de
Jesús,[15] el autor discrimina en el texto 1) las leyes otorgadas por Dios, 2) las que
fueron dadas por Moisés a causa de la dureza de corazón de Israel, y 3) las que fueron
agregadas por "los Ancianos". Las leyes otorgadas por Dios son divididas a su vez
en tres partes: 1) las que fueron aceptadas ("cumplidas") por Jesús, 2) las que
fueron abolidas por Jesús, y 3) aquellas cuyo sentido alegórico ("espiritual")
fue revelado por Jesús, y cuyo sentido literal es obsoleto.[16] Aunque Ptolomeo era un
gnóstico, por el hecho de distinguir entre el Dios creador y legislador y el Dios perfecto,
sus distinciones han sido repetidas una y otra vez en la historia de la Iglesia. Debemos
añadir un elemento final para completar el cuadro del desarrollo del Antiguo Testamento
cristiano: el desarrollo del método de interpretación alegórica iniciado por Ptolomeo y
los valentinianos, ampliado por Clemente de Alejandría y perfeccionado por Orígenes.[17]
Después de las obras de Justino, Tertuliano, Ireneo y Orígenes, la configuración del
Antiguo Testamento cristiano, con sus componentes antijudíos, está completa, y las
palabras "Antiguo Testamento" y "Nuevo Testamento" se convierten en
designaciones comunes a comienzos del tercer siglo.[18]
El período del establecimiento del Antiguo Testamento cristiano era una época que
gustaba pensar en forma dualista, en téminos de cuerpo versus alma, letra versus espíritu,
figura versus realidad, antiguo versus nuevo. Si se los leía con un ingenioso uso de la
alegoría, gran parte de los textos del Antiguo Testamento podían transformarse en
documentos completamente cristianos. Mediante una lectura seleccionada de los textos de la
Torah, el problema de la ley podía ser neutralizado. Cuando se leyó la Biblia de un modo
más histórico, como ocurrió con Ireneo, en términos de una especie de revelación
progresiva o un esquema de promesa y cumplimiento, se entendió que lo viejo había sido
completamente absorbido, abrogado y transformado en cuanto apareció lo nuevo. Todas estas
posiciones pueden encontrarse también en el período moderno, incluyendo un completo
rechazo parecido al de Marción, que fue el catalizador para el desarrollo de las otras
posiciones. Pero común a todas ellas, con la excepción de Marción, fue la completa
ruptura de toda relación del Antiguo Testamento con el judaísmo contemporáneo. También
es común a todas ellas el uso del principio hermenéutico de antítesis de Marción. Esto
también sigue existiendo en la Iglesia de hoy.
II
El período moderno, al menos entre los biblistas protestantes,[19] podría ser
caracterizado en cierto sentido como una gradual e inconsciente emancipación del Antiguo
Testamento cristiano. Sin duda, las antiguas maneras de leerlo todavía subsisten entre
nosotros. Particularmente en el uso litúrgico de los salmos, el método alegórico sigue
floreciendo bajo la superficie. En términos de hermenéutica consciente, se invoca
habitualmente la tipología como si fuera un progreso con respecto a la alegoría, porque
permite que las personas y los hechos del Antiguo Testamento tengan su propia realidad. Pero
como esta realidad siempre queda rigurosamente limitada al pasado, y el significado del
prototipo siempre es absorbido por el acontecimiento supuestamente correspondiente del Nuevo
Testamento, la tipología, al igual que la alegoría, no deja ningún espacio para que el
judaísmo contemporáneo lea su propia Escritura.[20] Este método es corrientemente
utilizado, no con el objeto de entender un acontecimiento cristiano a la luz de la Escritura
para darle de ese modo legitimidad, sino más bien con el objeto de encontrar la
prefiguración de un acontecimiento cristiano ya creído para legitimar al problemático
Antiguo Testamento.[21]
El concepto común de promesa y cumplimiento es similar, pero un poco más prometeder,
por así decir, especialmente cuando las correspondencias mecánicas del pasado se dejan de
lado. El problema es que para la mayoría de los cristianos que se expresan de ese modo, el
cumplimiento tiene primacía sobre la promesa. El concepto de Aufhebung ("superación")
puede significar algo para los hegelianos, pero cuando la mayoría de los cristianos usa la
palabra cumplimiento, confieso que no estoy suficientemente capacitado como para entender en
qué difiere esa palabra de la simple abrogación. Existen señales de cierta conciencia en
el sentido de que una promesa puede tener muchos cumplimientos parciales, en épocas
diferentes y para comunidades diferentes, y que la promesa trasciende a cada cumplimiento
particular.[22] Pero esa conciencia no puede seguir desarrollándose mientras se encuentre
bloqueada por un concepto de Nuevo Testamento.
El equivalente del uso selectivo del Antiguo Testamento de Ptolomeo en la investigación
moderna, se encuentra en la distinción que hace Wette entre el buen hebraísmo pre-exílico
y el mal judaísmo post-exílico, y en las teorías de las fuentes temporales de Wellhausen,
que establecían bases presuntamente académicas para la eliminación de la Torah de la
Biblia cristiana. Si se podía demostrar que una buena parte de la Torah, a la que
Wellhausen llamaba fuente P, tenía un origen post-exílico, perdía todo interés para los
estudiosos cristianos, y el remanente ya no necesitaba formar parte de una antítesis
teológica cristiana. Con la supresión de la ley, grandes fragmentos de la Biblia hebrea
quedaban eximidos de tener que ser un Antiguo Testamento cristiano. Aquí los estudiosos
judíos y cristianos podían emprender (y así lo hicieron) una tarea común mutuamente
enriquecedora, porque lo que se estudia no es el Antiguo Testamento, sino la literatura y la
historia del antiguo Israel. Los resultados de un siglo de esta clase de estudio son muy
buenos, y tuvieron un importante impacto sobre la Iglesia cristiana. Esa literatura del
antiguo Israel cobró vida para muchos cristianos y en ocasiones se convirtió en vehículo
de proclamación sin ninguna referencia a un Nuevo Testamento en las celebraciones de la
Iglesia. Cuando las Sagradas Escrituras del judaísmo no son pensadas como Antiguo
Testamento cristiano, y cuando la cuestión de la ley se deja de lado, entonces, y sólo
entonces, pueden hablar vigorosamente a los cristianos. Una descanonización inconsciente
convierte a la Escritura en Escritura para la Iglesia.
Esto podría (pero no debería) ser entendido como un resurgimiento de la posición de
Marción. Cuando se produjo un resurgimiento consciente, por ejemplo con Schleiermacher y
Harnack, fue porque el judaísmo era para ellos una religión claramente inferior, y así la
Biblia hebrea, relacionada con el judaísmo, debía ser descartada junto con los judíos.
Pero el fantasma de Marción también puede hacer que les ocurran cosas extrañas a los
estudiosos cristianos de la literatura del antiguo Israel. Casi todos los libros escritos
por esos estudiosos, hasta los mejores, concluyen con una referencia ritual al Nuevo
Testamento en un apéndice que niega en realidad todo lo que se dijo en el cuerpo del libro.
¿Cómo puede ser, por ejemplo, que mi profesor G. von Rad estropee su excelente Teología
del Antiguo Testamento diciendo al final: "El Nuevo Testamento tomó como punto de
partida el contraste entre ese nuevo acontecimiento (la venida de Cristo) y el conjunto de
la experiencia anterior de Israel; y este debe ser siempre el punto de partida para la
interpretación cristiana del Antiguo Testamento"?[23] Afortunadamente, de hecho von
Rad no usa esa antítesis hermenéutica en el grueso del libro. Las Escrituras del judaísmo
sólo pueden ser Escrituras para la Iglesia cuando ésta no las piensa como Antiguo
Testamento, es decir, como Escritura. ¿Cómo podemos salir de este callejón sin salida?
Dos teólogos holandeses, A. van Ruler y K. Miscotte,[24] defendieron en los últimos
años la prioridad de lo que ellos seguían llamando Antiguo Testamento como Escritura para
la Iglesia. Pero no eran biblistas profesionales, resultaron más retóricos que
persuasivos, y dejaron demasiadas preguntas sin responder. El problema del canon de la
Escritura Sagrada y la literatura del antiguo Israel debe ser encarado en forma directa y
desde el interior de la disciplina. Creo que eso comenzó ahora en el importantísimo
concepto llamado crítica canónica, con su necesaria consecuencia: el midrash
comparativo.[25] Empezando con el canon, este método hace explícita la autoridad de la
literatura del antiguo Israel, y la Biblia Hebrea es el punto de partida, no el Antiguo
Testamento cristiano desarrollado como solución a un problema causado por un Nuevo
Testamento. El midrash comparativo no sólo deja lugar para interpretaciones diversas de un
canon común en comunidades diferentes, sino que también permite ver al midrash cristiano
en continuidad con la tradición, antes que en oposición a ella. Tengo razones para creer
que James Sanders estaría de acuerdo en que el concepto mismo de un Nuevo Testamento
podría poner una barrera en el camino de una apropiación cristiana de esos importantes
conceptos. En todo caso, le dejo a él y a sus colegas el desarrollo ulterior de estos
temas, y retorno con alivio a un terreno más familiar. Como no sé qué otra denominación
usar, seguiré la sugerencia de Paul van Buren y hablaré de Escritos Apostólicos.
III
El verdadero problema del Antiguo Testamento cristiano es que se lo examina con las
presunciones hermenéuticas profundamente arraigadas y automáticas que los cristianos
aplican a su interpretación de los escritos apostólicos. En cierto modo, es como si la
Iglesia rechazara el rechazo de Marción a las Escrituras de Israel (creando así un Antiguo
Testamento) sólo para aceptar usar el concepto de Marción de la antítesis como guía
hermenéutica fundamental. Incluso antes de mirar un texto específico, el intérprete
cristiano presupone que Jesús debe ser entendido en oposición a los fariseos y que la ley
se halla en el corazon del conflicto. Incluso antes de mirar un texto específico, el
intérprete cristiano supone que Pablo dice lo que dice en reacción a oponentes judíos,
sean cristianos judíos como Santiago, o el judaísmo de su propio oscuro pasado, y que la
ley es el problema central. Es decir, empezamos con la suposición de que los judíos del
primer siglo, llamados en alemán Spätjudentum (judaísmo tardío), son la
antítesis del evangelio, y sobre esta base rechazamos a sus predecesores de la Escritura y
a sus sucesores del judaísmo contemporáneo. Es este punto de partida el que lleva no sólo
al problemático Antiguo Testamento cristiano, sino también a que el antijudaísmo
cristiano derive en antisemitismo. Puedo dar algunos ejemplos.
Uno de los más importantes Neutestamentler (especialistas en Nuevo Testamento)
que escribió sobre el Antiguo Testamento cristiano es Rudolf Bultmann. A la tradición
cristiana primitiva, le añade una radicalización del dualismo luterano ley-evangelio y una
comprensión existencial ahistórica del evangelio, que lo lleva a decir en 1933: "Para
la fe cristiana, el Antiguo Testamento ya no es más revelación como lo fue y todavía es
para los judíos... Los acontecimientos que significaban algo para Israel, que eran palabra
de Dios, ya no significan nada para nosotros."[26] Sin embargo, no llega a la
conclusión de que hay que abandonar el Antiguo Testamento, porque lo necesita como un
contraste oscuro que ilumina al evangelio. Aunque se puede decir que el Antiguo Testamento
contiene en sí mismo tanto evangelio como ley, como Antiguo Testamento cristiano tiene que
ser solamente ley, porque la expresión "existencia bajo la gracia" sólo puede
ser entendida en términos de la necesaria presuposición "existencia bajo la
ley".[27] Bultmann lo explica en 1949, como si nada hubiera pasado en los años
intermedios: "Si interpretamos la historia del Antiguo Testamento en ese sentido,
estamos siguiendo la interpretación de Pablo sobre la ley...: lo que significa la fe como
camino de salvación sólo es entendido plenamente por los que conocen el falso camino de
salvación que encontramos en la ley... Del mismo modo, la fe requiere mirar atrás hacia la
historia del Antiguo Testamento como historia de fracaso, y así, de promesa, para saber que
la situación del hombre justificado sólo emerge sobre la base de ese malogro".[28]
Comparado con muchos de sus contemporáneos, Bultmann ciertamente no era antisemita, pero
estaba tan obsesionado con lo que llamaba Spätjudentum, que simplemente no podía
ver a los judíos reales. El Holocausto no podía tener ningún efecto sobre su pensamiento
teológico porque para él, el judaísmo había muerto mucho tiempo atrás. Era central para
él su forma de entender Romanos 10,4: "El fin de la ley es Cristo", que él
amplía hasta que llega a significar: "La historia (judía) llegó a su fin, desde que
Cristo es el fin de la ley".[29] La comprensión cristiana de los escritos apostólicos
en términos de antítesis puede tener consecuencias mucho más graves que sólo una
división entre las Escrituras hebreas y el Antiguo Testamento cristiano.
Para mi segundo ejemplo, me gustaría referirme a un pensador cristiano contemporáneo,
quien afirma que conscientemente escribe teología en una situación de post-Holocausto:
Jürgen Moltmann. Lo que dice en forma no consciente es por demás significativo.
"Puesto que Jesús fue condenado y ejecutado en la cruz –escribe– , (su muerte fue)
provocada por las acciones de su propia vida... El conflicto que finalmente llevó a su
muerte era inherente desde el principio de su vida a causa de la oposición (contra él).
Así, su muerte en la cruz no puede ser entendida sin el conflicto entre su vida por un
lado, y la ley y sus representantes por el otro. Si esto es cierto, entonces por medio de su
muerte la ley predominante lo pone en tela de juicio, como alguien que, por la libertad de
su vida y su prédica, puso en tela de juicio esa comprensión de la ley... Su ejecución debe
ser vista como una consecuencia necesaria de ese conflicto con la ley".[30] El
"debe" de esta última frase es muy interesante. Evidentemente, no es un
"debe" lógico o histórico: es más bien un a priori teológico de una
importancia tan fundamental que tiene que ser mantenido contra toda evidencia. Los
evangelios sinópticos tal como los conocemos son anti-Israel y anti-Torah cuando se los
compara con las tradiciones sinópticas que los sustentan, pero aun así, no hay nada en
ellos que apoye las afirmaciones de Moltmann. Ya Marcos tiene dificultades para relacionar
las dos mitades de su evangelio, la historia de la muerte de Jesús con las tradiciones de
la prédica de Jesús. Antes se nos dice algo sobre discusiones con los fariseos, pero no
hay fariseos en los relatos de la Pasión. Podemos observar cómo Moltmann lo disimula por
medio de circunloquios como "representantes de la ley" y "guardianes de la
ley". La historicidad de un juicio ante el Beth-Din es muy improbable,[31] pero aunque
los evangelios presentan ese proceso, lo hacen en téminos de un asesinato judicial ilegal y
una burla a la ley, y no ciertamente como su triunfo. Algunos investigadores que siguen ese
a priori de Moltmann, tuvieron notables dificultades para encontrar un solo ejemplo en el
que Jesús transgreda algún mandamiento de Dios o aliente a otros a hacerlo, con la
excepción de unos pocos comentarios obviamente editoriales.[32] Si los dichos de Jesús son
entendidos como Halachah, y si en algunas ocasiones no están de acuerdo con la Mishnah,
representan sin embargo, en todos los casos, una opción reconocida del primer siglo. Si
bien Jesús es presentado a veces de acuerdo y otras veces en desacuerdo con los fariseos,
calificarlos como "oponentes" es realmente ir demasiado lejos, por no hablar de
calificar así a la misma Torah. Otro estudioso [33] cree haber dicho algo profundo con el
aforismo "Jesús enseñó en parábolas y Jesús fue ejecutado", induciendo al
lector a sacar la conclusión obvia. Si se trata de hacer una inferencia graciosa con esa
clase de lógica, permítanme hacer una: Jesús nunca escribió un libro; Jesús murió
joven sin posesiones: por lo tanto, fue un temprano ejemplo de que hay que publicar o
perecer. Dudo seriamente de que se pueda encontrar alguna conexión que vincule las
enseñanzas de Jesús con su muerte, pero si existe, ciertamente no es la ley.
Seguramente no necesito documentar el hecho de que la teología de Pablo se presenta
habitualmente en términos de antítesis. Ya Marción consideraba que la identificación de
los oponentes de Pablo era la clave de su teología, y bajo el impulso de F.C. Baur, varios
investigadores modernos siguieron el mismo procedimiento.[34] Diga Pablo lo que diga, los
oponentes cristianos judíos, o el judaísmo de sus contemporáneos, o su propio pasado
tienen que haber dicho lo contrario, y las mismas afirmaciones de Pablo deben ser la
antítesis de eso. Permítanme solamente citar el aforismo de Käsemann, representantivo de
este enfoque: "El verdadero oponente del apóstol Pablo es el judío piadoso".[35]
Es esta forma de entender a Pablo lo que subyace en la discusión de Moltmann sobre la
muerte de Jesús. Permítanme seguir citándolo: "Jesús fue muerto por la ley...
porque los guardianes de la ley y de la fe lo condenaron por "blasfemo". Como
ellos lo entendieron, su muerte era una prueba de la maldición de la ley... Como la ley
había llevado a Jesús a la muerte en la cruz, entonces el Jesús resucitado y exaltado era
‘el fin de la ley, para justificación de todo creyente’ (Rm 10, 4)".[36] La
referencia a la maldición de la ley aparece en un pasaje de Gálatas 3, 10-14, que a mi
juicio fue permanentemente malinterpretado,[37] y cuya mala interpretación resultó
fatídica. De nuevo, en un contexto que explícitamente manifiesta solidaridad con el pueblo
judío, Hans Küng es capaz de escribir: "la muerte de Jesús significa que la ley ha
triunfado. Radicalmente cuestionada por Jesús, la ley se vengó y lo mató. Su legitimidad
fue demostrada una vez más. Su poder prevaleció. Su maldición asestó un golpe. ‘Todo
aquel que cuelga del árbol será maldecido por Dios’... Por lo tanto, la ley lo mató, y
luego los cristianos sacaron la conclusión obvia."[38] La lógica implícita en todo
eso está clara: la ley mató a Jesús; por lo tanto, Pablo está justificado al matar a la
ley. O, para decirlo con más crudeza, cuando Käsemann dice que el verdadero oponente del
apóstol Pablo es el judío piadoso, lo que realmente quiere decir es que el verdadero
oponente del Jesús histórico es el Dios del Sinaí. Para que todo esto no suene demasiado
extremo, citaré una vez más a Moltmann: "La historia de Jesús que lleva a su
crucifixión... estaba dominada por el conflicto entre Dios y los dioses; es decir, entre el
Dios a quien Jesús predicaba como su Padre, y el Dios de la ley como era entendido por los
guardianes de la ley."[39] Ahora hemos completado el círculo y regresamos a Marción,
con sus dos dioses, con el giro agregado de que una interpretación del Nuevo Testamento que
ha incorporado así la antítesis a la Torah entre sus presupuestos más básicos, necesita
un Antiguo Testamento para ser antitético a él. A menos que estos problemas puedan
resolverse, las esperanzas sustentadas por la crítica canónica nunca podrán concretarse,
y el abismo entre las Escrituras de Israel y el Antiguo Testamento cristiano nunca podrá
ser superado.
IV
Por último, me gustaría sugerir, de la manera más sintética, algunos principios
hermenéuticos alternativos, o al menos reglas prácticas, que pueden ayudar a resolver el
problema cristiano central.[40]
- Puesto que el método histórico-crítico significa una crítica radical a las
presuposiciones del intérprete, y puesto que las presuposiciones inconscientes en este
campo han tenido malas consecuencias, el intérprete debería desconfiar de todos los
conocimientos adquiridos en lo que se refiere a los puntos de vista cristianos sobre el
judaísmo.
- Puesto que el intérprete cristiano necesita hablar del judaísmo antiguo, lo que diga
debe basarse exclusivamente en fuentes judías, y entenderse desde la perspectiva de
esas fuentes. Toda interpretación de los escritos apostólicos basada en una
comprensión distorsionada del judaísmo antiguo debe ser inmediatamente rechazada.
- En lo posible, los escritos apostólicos deberán entenderse en continuidad con las
Escrituras canónicas del judaísmo y la tradición histórica de su desarrollo
post-bíblico. En el caso de que no se pueda hacer, es la afirmación cristiana la que
se vuelve problemática y no la afirmación bíblica.
- El principio hermenéutico de antítesis debe ser inmediatamente descartado. La
palabra misma es usada habitualmente para designar ciertos dichos de Mateo 5, y ese
concepto tiene una gran influencia en presupuestos tales como antiguo versus nuevo, ley
versus evangelio, Jesús versus fariseos, Pablo versus judaísmo.[41] Eso no significa
que no se puedan encontrar cosas completamente distintas en los escritos evangélicos y,
por ejemplo, la Mekilta, pero esto debería entenderse como una cuestión de midrash
comparativo y no como contraste.
- Permítanme sugerir ahora algunos principios hermenéuticos muy específicos con
respecto a la interpretación de Pablo, primero, y luego de Jesús.
- Lo mejor es asumir que Pablo no era culpable de un "malentendido
fundamental"[42] en su enseñanza sobre la ley, ni compartía la
"perspectiva de la religión rabínica como una religión legalista de
justificación por las obras" del cristianismo moderno.[43] Cuando las
afirmaciones de Pablo son muy diferentes a las de los rabinos, esto debe ser explicado
no sobre la base de una antítesis, sino porque se refieren a situaciones totalmente
diferentes.
- Lo mejor es tomar en serio el nombre que Pablo se da a sí mismo, Apóstol de los
Gentiles, su solemne compromiso de limitar su actividad misionera a los gentiles, y no
predicar a los judíos, y el hecho de que todas sus cartas están explícitamente
dirigidas a las comunidades cristianas gentiles. Esto significa que es presumible que
sus cartas traten sobre preocupaciones y problemas específicos de los cristianos
gentiles.
- Lo mejor es ser muy cauto al reconstruir la posición de los oponentes de Pablo,
para no mostrarlos como si afirmaran lo que Pablo niega y negaran lo que Pablo afirma,
volviendo circular todo el procedimiento. No deberíamos decir sobre ellos más de lo
que dice explícitamente el texto, y no deberíamos combinar referencias de diferentes
cartas para establecer una oposición antitética uniforme a Pablo. El hecho de que en
el único lugar donde los oponentes pueden ser más probablemente identificados como
judíos cristianos, en 2 Corintios, la ley nunca se mencione y el tema de discusión
no sea el judaísmo, debería disuadirnos.[44] En todo caso, deberíamos recordar que
Pablo no discute con oponentes sino con la comprensión de las congregaciones a las
que se dirige.
- Con respecto a Jesús, la situación es más compleja, porque los evangelios
sinópticos, tal como los tenemos, están dirigidos a cristianos gentiles como última
etapa de una larga historia de transmisión, cuyo comienzo tiene como contexto al
judaísmo del primer siglo. Sin embargo, se puede decir algo sobre el Jesús histórico,
y este será el tema de unos cuantos principios hermenéticos.
- Lo mejor es no seguir el criterio de desemejanza que usa Käsemann para decir que
los dichos de Jesús más indudablemente auténticos son sólo aquellos que no tienen
nada en común con el judaísmo de su tiempo.[45] No se me ocurre manera más efectiva
de crear un Jesús artificialmente ario. Por el contrario, debemos decir que todo
dicho de Jesús en el que hable como un típico judío del primer siglo debería
considerarse más auténtico que otro en el que suene como cristiano.
- Lo mejor es no seguir a J. Jeremías cuando sostiene que muchas parábolas no deben
entenderse como proclamaciones del evangelio de la gracia de Dios, sino como armas
para defender a ese evangelio contra los fariseos.[46] Esto no sólo introduce
antítesis donde no hay ninguna, sino que distorsiona groseramente a los fariseos
mostrando que sus opiniones son opuestas a Jesús.
- Lo mejor es entender que Jesús está compenetrado con Israel en general y con los
fariseos en particular, y ellos con él. Cuanto más retrocedemos en la tradición
sinóptica, más fácil es entender esto.
- Lo mejor es entender la relación de Jesús con la Torah escrita y la Torah oral en
un sentido positivo. Para esto, un estudio comprensivo de la tradición judía
posterior será mucho más útil que la tradición interpretativa de la Iglesia. Si es
verdad, por lo menos para la manera en que la Mishnah trata las leyes concernientes al
sacrificio, que mapa no es territorio,[47] entonces no hay razón para que la Iglesia
gentil no pueda leer la Torah, incluyendo la Mishnah, como un mapa muy importante.
- Puesto que Jesús hablaba a veces como profeta de la situación nacional de un
pueblo sometido a la ocupación romana, y, al igual que muchos otros, tenía que
formular una amenaza profética de desastre nacional, lo mejor es recordar que un
profeta que no llora y reza con todo su ser para que esas amenazas no se cumplan es un
falso profeta. La Iglesia hace un uso indebido de esas declaraciones cuando las
entiende como predicciones cumplidas, y cuando separa juzgamiento y promesa:
juzgamiento para los judíos y promesas para la Iglesia.
- Puesto que los teólogos cristianos sienten la necesidad de teologizar sobre las
circunstancias de la muerte de Jesús, lo mejor será que lo hagan sobre la base de
una historia críticamente reconstruida de esos hechos, y no de una teología que
contrapone la ley y el evangelio. Podrían hablar entonces, para variar, de un Jesús
que muere en solidaridad con las esperanzas nacionales de Israel, o, más
genéricamente, que muere en solidaridad con todos los mártires de los regímenes
represivos de todos los tiempos.
- Por último, a la luz del canon de la Sagrada Escritura y el midrash comparativo de
Jesús y Pablo, algunos aspectos de los escritos apostólicos se tornan problemáticos
y se relativizan. Ese es el precio que debe pagarse si la Iglesia quiere abandonar su
hermenéutica antijudía, pero la recompensa es sin duda una Escritura que tanto
judíos como cristianos pueden considerar igualmente sagrada para ambos, y es
escuchada en sus situaciones diferentes. Al acceder así a un canon saneado de la
Escritura, los cristianos podrán leer los escritos apostólicos en mayor concordancia
con su intención original, liberados de un esquema antitético inapropiado que les es
impuesto desde afuera. Pero en la actualidad, esto sólo puede considerarse una
expresión de esperanza, y no la descripción de una realidad. Principios
hermenéuticos como los que brevemente se sugieren aquí, sólo pueden ser puestos a
prueba en la exégesis detallada, y los estudiosos cristianos de los escritos
apostólicos convencidos de su importancia no estaremos realmente calificados para
participar en el diálogo con los judíos sobre la Escritura común a ambas
comunidades, hasta que vayamos a casa y nos decidamos a emprender esta tarea
monumental.
NOTAS
- Especialmente a la luz de la manera en que el antijudaísmo cristiano tiende a
expresarse en la actualidad, este sería un asunto muy importante. Cf. W. D. Davies, The
territorial Dimension of Judaism (Berkeley, University of California Press, 1982).
- Cf. Alan F. Segal, Two Powers in Heaven (Leiden, Brill, 1977) y "Ruler of
This World", en Sanders, Baumgarten, Mendelson, eds., Jewish and Christian
Self-Definition, Volumen II, Aspects of Judaism in the Graeco-Roman Period (Philadelphia,
Fortress, 1981), 245-268.
- Debo hacer notar que aunque comparto casi todo lo que ella dice, no puedo estar de
acuerdo con R. Ruether en que es la "cristología" lo que está "en el
corazón de toda dualización cristiana de la dialéctica de la existencia humana en
antítesis cristianas y antijudías" - Faith and Fratricide (New York,
Seabury, 1974), 246. Más bien creo que es la "ley".
- "Así, el antiguo problema de la ‘ley’, que aparentemente había sido tratado
hacía mucho tiempo, se volvió otra vez el centro de atención y una cuestión de
urgencia dolorosa y particular", Hans von Campenhausen, The Formation of the
Christian Bible (London, Black, 1972), 74.
- Diálogo con Trifón 10.
- Celso en Orígenes, Contra Celsum VII, 18.
- Cf. E. R. Goodenough, The Theology of Justin Martyr (Amsterdam, Philo, 1968;
reimpresión de la edición de 1923); N. Hyldahl, Philosophie und Christentum (Copenhagen,
Munksgaard, 1966); y von Campenhausen (nota 3), 94. Observamos que muchos argumentos de
este Diálogo también aparecen en la First Apology, 30-53.
- David P. Efroymson, Tertullian’s Anti-Judaism and its Role in his Theology (University
Microfilms, Temple University PhD, 1976) y "The Patristic Connection" en A. T.
Davies, ed., Antisemitism and the Foundations of Christianity (New York, Paulist,
1979), 98-117.
- Este factor, que suele ser pasado por alto, es subrayado por S.G. Wilson,
"Marcion and the Jews", Early Christian Roots of Antijudaism, Vol. 2.
- Lo que se puede reconstruir de ellos se encuentra en A. von Harnack, Marcion: Das
Evangelium vom fremden Gott (Leipzig, Heinrichs, 1924), 256*-313*. La a menudo
citada tesis de Harnack se encuentra en p. 217: "Rechazar el Antiguo Testamento en
el segundo siglo fue un error que la Iglesia principal rechazó con razón; retenerlo en
el siglo XVI fue un destino que la Reforma todavía no era capaz de evitar; pero
preservarlo como documento canónico en el protestantismo después del siglo XIX es la
consecuencia de una parálisis religiosa y eclesiástica".
- Diálogo 29, 2.
- Diálogo 11, 5. Nótese que esto se encuentra en el contexto de un argumento
antimarcionita, que Dios es uno y que este Dios de los cristianos también es el Dios de
Abraham, Isaac y Jacob (11, 1).
- Adv. Marcionem V, 2.
- Ptolomée, lettre à Flora (Paris, Cerf, 1966). Hay una buena traducción al
inglés en R. M. Grant, Gnosticism: An Anthology (London, Collins, 1961),
184-190.
- Mt 19, 8; 15,1 ss. Compárese el concepto de deuterosis, las malas leyes
secundarias de la Torah, en las Pseudo-Clementinas y las Constituciones Apostólicas.
- Mucho más ominoso es un uso especial de la ley definido por Justino: dice que la
circuncisión fue ordenada para que sirviera como una especie de estrella amarilla, para
identificar a los judíos y señalarlos para ser castigados, Diálogo 16, 2s,
92,3.
- Una precursora en este y otros aspectos es la carta de Bernabé.
- El uso más antiguo de los términos para designar "libros" se encuentra en
Clemente de Alejandría; cf. von Campenhausen (nota 3), 266.
- Sé que hay importantes excepciones a lo que aquí se presenta tan brevemente que casi
parece una caricatura. Sin embargo, la continuidad que puede verse entre los siglos II y
XX es tan impresionante que merece ser destacada.
- G. von Rad, "Typological Interpretation of the Old Testament", en J. L.
Mays, ed. Essays on Old Testament Hermeneutics (Richmond, John Knox, 1973),
17-39, evita la mayoría de estos riesgos, pero podría ser un buen ejemplo de cómo
hacer una buena exégesis por encima de un método cuestionable.
- Con respecto a Justino, "el objetivo no es tanto demostrar la validez de la fe en
Cristo a partir de la Escritura, como, a la inversa, restablecer la amenazada autoridad
de la Escritura a la luz de Cristo", von Campenhausen (nota 3), 91. Para el
período moderno, "generalmente se supone, al parecer, que Cristo es una cantidad
segura y conocida, y el problema es que todo el lugar del Antiguo Testamento llegó a
ser puesto en duda en la Iglesia", J. Barr, Old and New in Interpretation (London,
SCM, 1966), 139. Todo el capítulo "Typology and Allegory", pp. 103-148, es
una importante crítica.
- "Todo está en movimiento. Las cosas nunca se agotan, sino que su mismo
cumplimiento hace surgir, inesperadamente, la promesa de cosas aún mayores", G.
von Rad (nota 19), 34
- Old Testament Theology, volumen 2 (New York, Harper, 1965), 329.
- A. A. van Ruler, The Christian Church and the Old Testament (Grands Rapids.
Eerdmans, 1971); R. H. Miskotte, When the Gods are Silent (New York, Harper,
1967).
- Cf. la importante obra de James A. Sanders, especialmente Torah and Canon (Philadelphia,
Fortress, 1972); "The Ethics of Election in Luke’s Great Banquet Parable", Essays
in Old Testament Ethics, eds. J. L. Crenshaw y J. T. Willis (New York, KTAV, 1974),
245-271; "From Isaiah 61 to Luke 4", Christianity, Judaism and Other
Greco-Roman Cults (Leiden, Brill, 1975), parte I, 75-106; "Torah and
Christ", Interpretation 29 (1975), 372-390; "Adaptable for Life: The
Nature and Function of Canon", Magnalia Dei, eds. F. M. Cross, W. E. Lemke y
P. D. Miller (Garden City, Doubleday, 1976); "Biblical Criticism and the Bible as
Canon", USQR 32 (1977), 157-165; "Torah and Paul", God’s
Christ and His People, eds.W. Meeks y J. Jervell (Oslo, Universitetsforlaget, 1977),
132-140; "Hermeneutics in True and False Prophecy", Canon and Authority,
eds. G. W. Coats y B. O. Long (Philadelphia, Fortress, 1977), 21-41; "Text and
Canon: Old Testament and New", Melanges Dominique Barthelemy, eds. P. Casetti, O.
Kell y A. Schenker (Gottingen, Vandenhoeck and Ruprecht, 1981), 373-394; Canon and
Community (Philadelphia, Fortress, 1984).
- "The Significance of the Old Testament for the Christian Faith", en B. W.
Anderson, ed., The Old Testament and Christian Faith (New York, Harper, 1963),
8-35, 31. Cf. von Campenhausen (nota 3), 1: "Para el cristianismo, el Antiguo
Testamento ya no es un libro canónico en el mismo sentido en que lo fue antes para los
judíos".
- R. Bultmann (nota 25), 14.
- R. Bultmann, "Prophecy and Fulfillment", Essays Philosophical and
Theological (London, SCM, 1955), 182-208, 207s.
- R. Bultmann, History and Eschatology (New York, Harper, 1957), 43. Cf. M. Noth,
The History of Israel (London, Black, 19602), 448: "Así (tras la
destrucción del segundo Templo), Israel dejó de existir y la historia de Israel llegó
a su fin".
- J. Moltmann, The Crucified God (London, SCM, 1974), 127, 131, 132.
- Véase el importante artículo de E. Rivkin, "Beth Din, Boule, Sanhedrin: A
Tragedy of Errors", HUCA 46 (1975), 181-199.
- Nótese cómo se fuerza la evidencia hasta llegar a conclusiones desproporcionadas en
R. Banks, Jesus and the Law in the Synoptic Tradition (Cambridge, University
Press, 1975).
- C. W. F. Smith, The Jesus of the Parables (Philadelphia, Westminster, 1948),
17.
- Véase el enfoque de K. Berger, "Die impliziten Gegner", Kirche;
Festschrift fur Günther Bornkamm zum 75. Geburtstag, ed. D. Lürmann y G. Strecker
(Tübingen, Mohr, 1980), 373-400.
- E. Käsemann, "Paul and Israel", New Testament Questions of Today (Philadelphia,
Fortress, 1969), 183-187, 184.
- Moltmann (nota 29), 133.
- Véase mi "Paul and the Law in Galatians Two and Three", Early Christian
Roots of Anti-Judaism, volumen 1 (nota 8).
- H. Küng, On being a Christian (London, Collins, 1977), 339.
- Moltmann (nota 29), 127.
- Quizá debiera ser explícitamente planteado que ninguno de estos principios pretende
disminuir en modo alguno el significado de Jesús para los cristianos, ni la autoridad
que tiene para la Iglesia el midrash cristiano de los escritos apostólicos. La
revisión que proponemos tiene que ver con una inapropiada teología cristiana del
judaísmo, no con una apropiada teología cristiana del cristianismo. La intención no
es atacar, sino hacer un esfuerzo para lograr una comprensión más auténtica, y por lo
tanto, más fiel, de los escritos apostólicos.
- El ingenuo intento de los cristianos de identificar su propia causa con Pablo y
Jesús, y entonces usarlos como armas contra los oponentes actuales de esa causa, casi
siempre deriva en un Pablo o un Jesús antisemitas.
- H. J. Schoeps, Paul: The Theology of the Apostle in the Light of Jewish Religious
History (Philadelphia, Westminster, 1961), 213-218.
- E. P. Sanders, Paul and Palestinian Judaism (Philadelphia, Fortress, 1977),
33-59.
- Ni qué decir tiene que 2 Cor 3 no debería usarse como principio de una
lectura cristiana de la Escritura, ni para negar la legitimidad de la lectura judía de
la Escritura. Pero esto sería tema para otro artículo.
- "The Problem of the Historical Jesus", Essays on New Testament Themes (London,
SMC, 1964), 15-47. Véase antes R. Bultmann, The History of the Synoptic Tradition (Oxford,
Blackwell, 1968), 205. El lado opuesto de este criterio, es decir, que sólo los dichos
que no se asemejan a los que expresaba la Iglesia primitiva deben ser considerados
auténticos, tiene más sentido.
- "Nos referimos ahora a un segundo grupo de parábolas. Son las que contienen la
Buena Nueva propiamente dicha... Se dirigen, aparentemente sin excepción, no a los
pobres, sino a los oponentes... Su principal objetivo no es la presentación del
Evangelio; son armas polémicas contra los críticos y los enemigos del Evangelio,
indignados porque Jesús declara que Dios se preocupa por los pecadores". J.
Jeremías, The Parables of Jesus (New York, Scribners, 1972), 124.
- Cf. J. Neusner, "Map without Territory: Mishnah’s System of Sacrifice and
Sanctuary", History of Religions 19 (1979), 103-127.
© Copyright 1996 Lloyd Gaston. Con el amable permiso del autor. (Traducción del inglés: Silvia Kot) |